HUARI: cultura, imperio, época

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hallazgo

Los retos que impone el entendimiento del fenómeno Huari son de otra índoLe  que en eL caso  de Las demás culturas centro-andinas de su tiempo por varias  razones. en primera  instancia,  la discusión sobre el tema se ha iniciado  en primeros  años de la arqueología científica de los andes centrales, cuando  Max Huhle Había comprobado por medio de las excavaciones  estratigráficas en pachacamac, así como durante  reconocimientos  y excavaciones en otras partes de la costa,  que los diseños  que adornan la portada del sol de tiahuanaco se encuentran en la cerámica y en los textiles procedentes de varios lugares a lo largo del litoral peruano.  Los estilos tildados de “tiaHuanacoides” ofrecían a partir de entonces y por medio del “Horizonte iconográfico” un cómodo marcador  cronológico para todo el área  de la contradición  andina, el único fundamento firme, a parte de la estratigrafía, para construir y correlacionar las cronologías regionales en una época anterior al invento del fechado c 14, aplicado en el Perú  por  La primera vez en 1949. el grado de transformación de los diseños del altiplano en La cerámica  Local de la costa y de la sierra servía tanto para afinar la cronología como para construir Las interpretaciones acerca  de las relaciones entre tiahuanaco y las culturas de los Andes centrales peruanos.

A pesar de que Julio C.Tello ha investigado en Wari hasta en tres oportunidades  desde 1931, había que esperar los resultados de las investigaciones de John H. Rowe, George Collier, Gor- don R. Willey  y Wendell  C. Bennett  entre 1946 y 1956 para que se disponga  de evidencias contundentes acerca de la importancia de los complejos arquitectónicos Wari y Conchopata, como centros de una cultura original en la cuenca de Ayacucho, y como el verdadero lugar de origen del conjunto de estilos conocidos bajo el nombre equivocado de“Tiahuanaco Costeño”. Corresponde a John Rowe, Dorothy Menzel y Luis G.Lumbreras el mérito de demostrar que no hay evidencias de importaciones directas de cerámica Tiahuanaco a Ayacucho, mientras que existen innumerables pruebas que las piezas en estilos ayacuchanos fueron imitadas  e incluso importadas en los distantes valles de la costa norte como Piura. Sin embargo, varios arqueólo- gos, en particular bolivianos, se resistían de aceptarlo hasta bien avanzados los ańos 80.

Dorothy Menzel ha realizado en los ańos 60a un ambicioso e influyente estudio com- parativo de piezas de colecciones y de las relativamente escasas muestras  de fragmentos de cerámica procedentes de sondeos en los sitios huari, algunas de ellas con las primeras fechas C14. El resultado  de este estudio, la cronología relativa del Horizonte Medio, es el punto de partida obligado de toda discusión sobre Huari y su tiempo, y sirve aún de marco conceptual para las interpretaciones. Conforme con la metodología de seriación estilística trazada por Rowe,  Menzel ha subdividido en cuatro épocas el periodo entre la aparición de los estilos Huari en medio de la cerámica local del Periodo Intermedio Temprano (Huar- pa), y el definitivo eclipse de formas y diseńos derivados de esta tradición ayacuchana, por otros relacionados con las tradiciones locales (Periodo Intermedio Tardío). La última época fue posteriormente descartada,  dado que se ha demostrado su posterioridad al abandono de las supuestas capitales en Ayacucho. Con estas modificaciones  la historia tentativa de la cultura Huari se articularía, siguiendo a Menzel en tres épocas:

  • Epoca 1, fase A . La compleja iconografía del altiplano, con los personajes de frente y de perfil conocidos de los relieves tiahuanaco,  aparece en la cerámica de Ayacucho, en el contexto de dos estilos nuevos producidos localmente, Chakipampa profunda- mente relacionado con la tradición costeña (Nazca 9), y Ocros, así como  de un tercero con amplios antecedentes locales, Huarpa. Los diseños de mayor complejidad se en- cuentran en las urnas y cántaros de Conchopata que no tienen antecedentes Huarpa o Nazca.
  • Epoca 1, fase B. Los nuevos  estilos se difunden hasta la costa sur (Pacheco en Nazca, Cerro del Oro) e influencian la producción local en la costa central, por ejemplo el estilo Nievería de Rimac.
  • Epoca 2, fase A. La presencia huari se consolida en la costa. Nuevos estilos que sinte- tizan y simplifican diseños de las fases anteriores se difunden desde Arequipa hasta Piura: Vińaque, Atarco, Pachacamac e Ica-Pachacamac. Cabe enfatizar, sin embargo, que su decoración comprende versiones muy simplificadas de motivos religiosos, cuyo uso fue circunscrito a estilos ceremoniales ayacuchanos en la época anteror (Conchopata, Robles Moqo).
  • Epoca 2, fase B. La tendencia hacia esquematización y simplificación de diseños se acentúa en el desarrollo de los estilos anticipando el ocaso de Huari.
  • Epoca 3. La fase ha sido definida a partir de las transformaciones  estilísticas obser- vadas en la costa centro-norte en las tradiciones  Casma, Huaura, Tri-color  etc.: las formas y los diseńos locales resurgen pero varios diseńos y convenciones huari se mantienen vigentes.

Menzel ha interpretado los resultados de su seriación como probable efecto del impac- to de la ideología religiosa tiahuanaco en Ayacucho y su posterior difusión hacia el Norte. Según ella el Horizonte Medio duraría solo tres siglos,  desde 550 d.C. (época 1 A) hasta 850 d.C.(fin de la época 3). La aparente relación entre esta difusión y la construcción de extensos sitios de apariencia urbana, a juzgar por la recurrente traza planificada que recor- daba de lejos a los planos de las ciudades coloniales hispanas con sus manzanas regulares, hacía pensar que detrás de ambos fenómenos está una voluntad política y un proceso de rápidos cambios políticos y sociales. Esta idea fue planteada por Donald Collier en los 50’s y desarrollada por Richard Schaedel.  Por ello, Menzel no dudaba en relacionar los cambios de estilo con el progreso de las conquistas de un imperio, pero creía también en otros fac- tores, algunos de origen exclusivamente religioso, otros materiales, incluso adversos, como pestes. Ha supuesto, por ejemplo, que parte de los cambios estilísticos del Horizonte Medio 2 se debe al surgimiento de un centro ceremonial de gran prestigio, Pachacamac, en cuyos recintos se habría reelaborado  los contenidos de una religión originaria del altiplano. Es menester subrayar que el principal objetivo que se ha trazado Menzel ha sido proporcionar una base científica preliminar para definir el grado de contemporaneidad de los hechos materiales sobre los cuales se levanta el edificio  de la prehistoria.  Su tarea no fue nada fácil porque a diferencia del Tahuantinsuyu, el hipotético imperio ayacuchano no se manifiesta materialmente en la difusión de un estilo con fuertes características propias que carecen de antecedentes. Todo lo contrario. Los objetos catalogados como„Huari” presentan rasgos de diferentes origen, Tiahuanaco de las orillas del lago Titicaca, Huarpa ayacuchano, Nazca de la costa sur, los que pueden interactuar creando mezclas eclécticas, con varios estilos que se desarrollaron previamente en los Andes Centrales: Lima, Recuay, Moche etc.

La idea del imperio, latente desde los 50’s,  fue retomada por William Isbell y sus co- laboradores en el marco del ambicioso Proyecto Urbano Huari, concebido a largo plazo, e interrumpido por causa de  la violencia terrorista de Sendero Luminoso. Sus trabajos se reiniciaron  recientemente. William Isbell, Katharina  J. Schreiber. Anita Cook y Patricia Knobloch han fundamentado la hipótesis del imperio con la capital en Ayacucho con los siguientes argumentos:

  1. La existencia en Ayacucho de una red de sitios con arquitectura pública de diferentes dimensiones que pudieron haber cumplido el papel de capital (Wari), de centro ad- ministrativo  segundario (Conchopata), de centros provinciales (Azángaro, Jincamoc- co), de centros locales ((Jargampata).
  1. El proceso comprobado de concentración (nucleación) de población en Wari con el subsiguiente abandono de los asentamientos en la sierra vecina, registrado por Ro- bert Mc Neish.
  1. La construcción  de centros administrativos con arquitectura planificada, similar a la que se encuentra en Ayacucho (Azángaro, Jincamocco) en la costa y en la sierra, lejos del área ayacuchana, p. ej. Pikillacta en Cuzco y Wiracochapampa en la Sierra de la Libertad, Wari Wilka en la sierra de Junín, Cerro Baúl en Moquegua.
  1. El uso de módulos techados similares construidos al borde o al interior de los patios en todos los centros con arquitectura planificada; los modulos se parecen a las „can-

chas y kallankas” inca; su función  como áreas ceremoniales, residenciales temporales o permanentes,  de depósito,  de talleres, queda por de definir en cada caso.

  1. La reglas en el diseño las unidades-patio, que comparten procedimientos planimé- tricos (proporciones, reglas de simetría y modalidades de distribución de recintos techados respecto a los patios) y varios componentes, como recintos alargados te- chados, recintos rectangulares de dos pisos y techa a doble agua, filas de cubículos, pasajes entre murallas, patios cuadrados y rectangulares.
  1. Los hallazgos de vestigios de rituales que implicaban sepultar la cerámica ceremo- nial, urnas, cántaros cara-gollete, decorados y rotos ex profeso, antes de depositarlos en un poso; dichos hallazgo se hicieron tanto en el áera nuclear huari (Conchopata, Ayapata) como lejos de ella: Pacheco (Nasca), Maymi (Pisco), eventualmente Cerro Amaru (Huamachuco).
  1. La difusión de la ideología religiosa imperial por medio de la cerámica y de los textiles decorados con los motivos originarios del altiplano, en algunos casos re-elaborados por los artesanos ayacuchanos, en otros creados con pleno conocimiento del reper- torio de personajes, poses, detalles, característicos para el arte tiahuanaco.

Las características de la arquitectura planificada, arriba mencionadas en los asenta- mientos „urbanos” dispersos a lo largo de la sierra desde Cerro Baúl (Moquegua) hasta Ca- jamarca brindan argumentos a favor de la existencia de un sistema de mando, de una red de administradores. Su parecido con la arquitectura imperial inca es notable en algunos casos. Las ofrendas  y la compleja iconografía suelen ser interpretados en este contexto como expresiones de la religión oficial del imperio.

Gracias al notable avance de las investigaciones arqueológicas de campo numerosos as- pectos del modelo interpretativo construido hace 50 años requieren de modificación. En primera instancia quedó demostrado que varias expresiones del urbanismo, atribuidos a la iniciativa de la administración huari, como Cajamarquilla (Rimac), Cerro del Oro (Cańete) o Cerro Amaro (Huamachuco)  no guardan ninguna relación con Wari y Tiwanaku. A pesar de leve parecido formal, se trata de asentamientos construidos como probables capitales por los gobernantes de varios estados regionales que se desarrollaron entre aproximadamente 400 y 800 d.C. Desde esta perspectiva, la influencia huari-tiahuanaco  deja de ser entendida como la causa primordial de todos los cambios. Resulta más probable que los gobernantes de Ayacucho tuvieron que conversar, o caso contrario, combatir con varios competidores, los moche del norte y del sur, los recuay, los cajamarca, los lima, los cañete etc.

No se ha comprobado tampoco la validez de la hipótesis de Dorothy Menzel, aceptada por la mayoría de investigadores desde los años 60 del siglo pasado, concerniente a los efectos de la dominación huari en materia de las preferencias estilísticas de los alfareros de los y tejedores en las provincias. Según dicha propuesta los estilos imperiales hubieran sustituido gradualmente a los locales desde el Horizonte Medio 2. Los alfareros y tejederos

habrían podido volver a diseños ancestrales de sus regiones recién después del ocaso del imperio ayacuchano durante el Horizonte Medio 3 y 4. En todas las excavaciones de los hipotéticos centros administativos huari en las provincias conquistadas, el porcentaje de los fragmentos de vasijas que imitan a los estilos imperiales originarios de Ayacucho es mí- nima, inferior a 5%. En Pachacamac no llega ni a 1%. Dentro de esta muestra, la cerámica decorada con motivos originarios de Tiahuanaco, la que se relaciona  con las ceremonias imperiales, y en particular con el culto de ancestros de linajes goberantes,  se encuentra solo excepcionalmente. El resto de hallazgos, 95% o más corresponde a estilos locales. Es cierto, que en la evolución de estos últimos se notan con el tiempo influencias de estilos imperiales de prestigio, tales como Chaquipampa, Ocros o Viñaque. En la costa central se observa la evolución del estilo Nievería que caracteriza a la fina cerámica ceremonial de la cultura Lima en la fase Maranga. Los prestamos de Ayacucho son tan relevantes en algunos  casos que Menzel ha situado erroneamente este estilo en su Horizonte Medio 1B y 2. Hoy sabemos que el origen del estilo Nievería antecede por un siglo por lo menos a la llegada de los pueblos sureños.  En la costa norte, los estilos Moche V y variantes de Moche IV con la decoración en relieve impresa de molde adoptan  también  con el tiempo convenciones, colores y diseños sureños: por ejemplo Moche V polícromo, Mochica-Huari, y también Chimu Temprano y Tricolor. El estilo Moche IV de Casma, Culebras y Huarmey se transforma,  al parecer, en el estilo „Casma impreso de molde”. En este último se está usando convenciones tiahuanaco para representar a personajes y escenas míticas moche.

En el contexto de precisiones y descubrimientos arriba mencionados, varios investiga- dores han cuestionado la real extensión de las conquistas  e incluso la existencia del mismo imperio. Por ejemplo,  Ruth Shady considera que el fenómeno Huari se debe a la intensifi- cación de intercambios entre las elites de estados y señoríos. La gran mayoría de investi- gadores que trabajan en la costa norte niegan la presencia huari en estas tierras norteñas, y como Shady creen que los objetos sureños encontrados en los contextos del Horizonte Medio provienen de intercambio entre las elites.

Los autores no comparten este escepticismo. Shinya Watanabe ha demostrado que los gobernantes del imperio han construido un palacio, típicamente huari en el diseño, en la lejana sierra de Cajamarca, posiblemente en los alrededores del 800 d.C. Por esta misma fecha todas las supuestas capitales de estados costeños y muchos otros asentamientos con la arquitectura monumental quedan abandonados: Cerro del Oro en Cañete, Templo Viejo de Pachacamac, Maranga, Huaca Pucllana y Cajamarquila en la Costa Central, Huacas del Sol y de la Luna, posiblemente también Galindo y Pampa Grande. El abandono  es or- denado y ritualizado. Las partes altas y las laderas de edificios piramidales quedan sellados con rellenos. En estos rellenos se encuentran ofrendas y cámaras funerarias de elite con el material del Horizonte Medio 2 que contiene imitaciones y eventualmente importaciones de estilos ayacuchanos. En San José de Moro, un importante cementerio de elite en el valle de Chamán, que es en realidad  uno de los canales principales prehispánicos, derrivado del río Jequetepeque, los rituales mochica se transforman y alteran. Aparece de pronto un entierro en cámara de adobes con nichos de estilo moche que contiene cerámica importada con compleja iconografía tiahuanaco  y también  otras vasijas con imitaciones de estilos su- reños, como parte del ajuar. Otros entierros de cámara de esta época y posteriores, simila- res a las clásicas cámaras subterraneas  mochica, contienen a entierros de varios individuos de ambos sexos, sepultados a manera  sureña. Las vasijas de estilo  Moche  se siguen  produ- ciendo, pero los estilos sureños de filiación huari gozan de la popularidad mayor y superan en número a estos primeros en los ajuares funerarios. Posiblemente por esta misma fecha se construye un impresionante asentamiento fortificado en el Cerro Chepén. Su aquitectura como la cerámica ceremonial son de inspiración Cajamarca pero las vasijas de uso domés- tico poseen aún formas típicas para la cultura Mochica. Es muy probable que las elites de origen cajamarquino lograron imponer su dominio sobre estas tierras costeñas.

Makowski considera que las evidencias mencionadas sugieren que las conquistas de pueblos sureños y de sus aliados de la sierra, incluyendo  a los cajamarca, han tenido éxito, y la costa norte fue conquistada por un tiempo quizás breve, pero suficiente para que los entidades políticas locales queden colapsadas, sus elites sometidas y las capitales y centros ceremoniales abandonados. Sobre las ruinas del político anterior nacen estados nuevos, tales como Lambayeque-Sicán, Chimú y Casma, y quizás algunos más cuyo nombre no fue precisado aún. Los gobernantes de estos estados se hicieron representar y también sepul- tar con vestidos y atríbutos de poder no solo foráneos sino además exóticos. Los comple- jos tocados compuestos de los gobernantes moche quedaron remplazados por la gorra de las cuatro puntas, la túnica por el unku, el cuchillo-cinsel-sonaja por el tumi sureño. Todos estos símbolos de poder tienen el origen es muy que tienen amplios antecedentes en la sierra y la costa extremo  sur, en particular comprobado en la cuenca del lago Titicaca y por supuesto fueron posteriormente adoptados por las elites ayacuchanas. De manera coincidente las características de espacios en los los gobernantes se presentan  en público cambian también por completo. En Lambayeque se impone como„el palacio de Naylamp” un edificio similar a los palacios huari; este posee de dos y más pisos y planta rectangular. Entre Jequetepeque y Huarmey  se difunde otro tipo de arquitectura relacionada con el poder supremo y con el culto de ancestros: recintos cercados con pórticos y plataformas bajas accesibles por medio de rampas. Muchos de estos edificios fueron representados en forma de maquetas. Este tipo de edificio se encuentra bien conservado en la parte baja de Castillo de Huarmey.

 

El cambio más contundente y significativo concierne a la imaginería religiosa que ador- na todos los objetos preciados y utilizados por los mandones los días festivos: vestidos, vasijas, cuchillos  etc. Muchos de estos objetos se depositan  en sus tumbas, otros, cómo máscaras de metal, se hacen especialmente para el viaje al más allá. Tanto en el estilo Si- cán-Lambayeque, como en Chimú Temprano se deja de representar  una gran cantidad  de seres sobrenaturales  moche, dioses de variada jerarquía y aspecto, a veces con predomi- nancia de rasgos humanos, a veces de apariencia animal y de postura humana. Tampoco se sigue reproduciendo  a las figuras de jefes guerreros con tocados y vestidos comparti-

dos por sus dioses tutelares y de guerreros simples, viejos y jóvenes, y a la figuras de sacer- dotes. Todo este frondoso repertorio esta remplazado por una sola imagen convencional que representa a la deidad tutelar y al mismo tiempo al ancestro deificado del linaje gober- nante. En Lambayeque esta imagen se distingue  por la cara con la naríz-pico de ave, ore- jas puntiagudas  y cuerpo de guerrero de alto rango con alas. Su tocado combina el gran abanico frontal con la gorra de cuatro puntas. Se presume  que está es la imagen del dios Yampellec y del rey Naylamp que ha fundado la dinastía de Lambayeque. En la opinión de Makowski todos estos cambios no se pueden explicar de manera satisfactoria sin asumir que los pueblos sureños, súbditos de los señores de Huari en Ayacucho hayan tenido algo de suerte en sus conquistas de la costa norte.

¿Cuándo,Cómo y por qué, “los Huari” Conquistaron a la Costa?:

Las evidencias disponibles hacen pensar en el siguiente escenario. Durante los siglos VI y VII d.C. las condiciones climáticas empeoraron, sin duda afectando la agricultura y a la gana- dería. Los estudios de glaciares en Arequipa (Qelccaya) y Callejón de Huaylas por Lonnie G. Thompson permitieron reconstruir estas condiciones  adversas en detalle. Las prolongadas sequías ocurrieron entre 506-512 d.C. y 524-540. El siglo VII d.C. tampoco fue favorable para la producción agrícola: la sequía 636-645, fuertes precipitaciones de Paleo-Niños 600-601, 610,612,650, 681, extremas variaciones climáticas 646-692  , y finalmente una sequía mo- derada 701-715. Michael Moseley e Izumi Shimada han intentado correlacionar estos de- sastres naturales con el ocaso de las culturas regionales costeñas, Moche y Lima-Maranga, y asimismo con la posterior expansión huari. Sus tesis catastrofistas no se confirmaron. Por lo contario  las condiciones  adversas encontraron contundentes respuestas políticas. Los siglos VI , VII y VIII fueron para el desarrollo de las culturas costeñas una época de auge, si tomar en consideración la construcción de complejos de arquitectura pública, que se caracterizan por la envergadura sin precedentes. Es indudable también el progreso tecnológico en materia de producción  de cerámica, textiles y metales, lo que insinua buena capacidad organizativa y el incremento de la demanda. Los problemas con el agua se resolvieron al parecer gracias a la construcción de una red de canales de riego sin precedentes tanto en los valles de Lam- bayeque como en el valle de Rimac. El fenómeno del Niño en algunos lugares desastroso, en otros dejó el balance positivo. Volvieron a crecer los bosques. Los pobladores construyeron reservorios adicionales. Han vuelto a funcionar numerosos fuentes-puquios que se secaron durante varias décadas. El colapso de Moche y Lima ocurrió, según numerosas fechas C14 (cal.) disponibles, recién a fines del siglo VIII d.C., en el contexto climático favorable. Por con- siguiente hay que descartar las hipótesis catastrofistas arriba mencionadas.

No obstante, resulta muy probable que la situación de crísis causada por las sequías ha tenido efectos políticos a corto y a mediano plazo. Las grandes obras públicas  en la costa indican con elevada probabilidad que los liderazgos políticos se hayan fortalecido en este difícil periodo en el que la mayoría de arqueólogos ubica la consolidación de estados re- gionales andinos. El crecimiento del número y del poder de elites explicaría el incremen- to sostenido de intercambios de objetos suntuarios a larga distancia. Resulta interesante

constatar que el fenómeno similar, como en la costa peruana, se observa en la cuenca del lago Titicaca. Khonko Wankané queda abandonado y se inicia la construcción de platafor- mas monumentales en Tiwanaku, cuyos patios elevados son adornados por estatuas de gobernantes y cabezas de linajes nobles. De este modo se forma el corazón monumental de Tiwanaku con dos edificios piramidales aterrazados y numerosas plataformas. Parale- lamente a las obras el naciente estado organiza la producción de cerámica ceremonial y textiles. Un frondoso panteon de personajes de frentes de perfil sustituye a la imagen de la pareja de ancestros míticos, típico para el periodo anterior al surgimiento del estilo Tiahuanaco. Asimismo, como respuesta a las adversidades  se fundan colonias agrícolas tiahuanaco en el valle de Moquegua.

La distribución de hallazgos en estilo Pucará indica que la región de Cuzco mantenía es- trechas relaciones con el altiplano mucho antes del fenómeno Huari. En el siglo VI y VII es- tos contactos parecen estrecharse. Los populosos asentamientos cuzqueños como Huaro pudieron haber cumplido el papel de intermediarios en la ruta de caravanas de llamas que recorrían los caminos entre Tiwanaku y Huari. Por esta ruta llegaron probablemente pode- rosos linajes de origen altiplanico que tomaron el poder en Ayacucho. Los nuevos asenta- mientos-capitales, Huari y Conchopata, que comprenden a palacios-templos de culto de ancestros y zonas residenciales, contienen claros elementos de arquitectura tiahuanaco: plazas hundidas revestida con lajas monolíticas talladas, ductos de agua y desagua en pie- dra tallada, conjuntos de unidades-patio monumentales de traza ortogonal que son el es- cenario de culto de ancestros. Las grandes  vasijas, cántaros  y urnas, usadas en las ceremo- nias, y los escasas estatúas presentan imagenes de miembros de elite gobernante vestidos de la misma manera, como los pobladores de las orillas del lago Titicaca. Algunas de estas escenas presentan incluso a los guerreros tiahuanaco con sus típicas armas navegando en caballitos de totora probablemente a través del lago. Por cierto, estas mismas imagenes sugieren que los gobernantes de origen tiahuanaco tejieron alianzas con las elites locales

„huarpa” y también con las elites costeñas „nazca”. Los individuos pertenecientes a ambos grupos están representados en estatuillas, cantaros-cara golletes y decoraciones pintadas.

Estas alianzas les dan suficiente poder militar a los gobernantes huari para someter am- plias extensiones de la sierra. No se trata sin embargo de un control territorial como ejer- cería el estado moderno. El imperio establece enclaves, en lugares especialmente produc- tivos en cuanto a su capacidad agrícola como Pikillacta (Cuzco) y Moquegua, o en lugares dedonde provienen bienes preciados, como la selva (Espiritu Pampa). La expansión huari se iniciaría con la consolidación del dominio de algunos valles del Sur hasta Moquegua. Las cuencas de Cuzco, Caravelí, Moquegua fueron colonizadas por el imperio poco antes del 600 d.C. A partir de la segunda mitad del siglo VII los dominios huari se extendieron hasta la sierra de la Libertad. A fines de la segunda del siglo VIII d.C. los guerreros de va- rios grupos étnicos confederados, bajo el mando ayacuchano llegaron hasta Cajamarca y probablemente también a la sierra de Piura. En la costa el punto septentrional más extre- mo registrado, con los entierros de elites huari, es el sitio los Batanes en el Alto Piura. Las conquistas en la costa central y la costa norte posiblemente tuvieron otro escenario y se realizaron en la segunda mitad del siglo VIII. Es posible que los valles de la costa centro nor- te, entre Huarmey y Chancay, y también los valles poco poblados de la costa central como Chilca, Mala y Asia, resultaron presa fácil, y sirvieron de áreas de avanzada en la lucha con- tra los poderosos estados costeños. Rol similar de áreas de fácil penetración hacia la costa pudieron haber jugado en el norte el Alto Piura, la Leche y quizás Jequetepeque. No cabe duda que los pueblos serranos, usuarios  de la cerámica  Cajamarca y Recuay se convirtieron en los aliados de los ayacuchanos en esta ultima contienda.

Hacia una nueva interpretación del fenómeno Huari:

 

Los elementos de la cultura Tiahuanaco, trasladados al suelo de Ayacucho en el inicio mismo del fenómeno huari en Wari y en Conchopata, constituyen un testimonio irrefutable de la llegada de un grupo importante de los pobladores organizados del área de Tiahua- naco, bajo el mando de un líder(es) talentoso(s). Los elementos culturales foráneos que tenemos en mente, espacios ceremoniales (patios hundidos, plataformas con distribución de ambientes en U), imágenes de dioses y guerreros del altiplano, maneras de representar a los gobernantes de diferentes rangos, técnicas de talla de bloques de construcción y de albañilería en la arquitectura monumental pública y funeraria, técnicas y diseños textiles, varias formas de vasijas ceremoniales (kero, vasija-retrato), no dejan lugar a duda que los grupos identificados con la cultura altiplánica tomaron el poder y construyeron  sus cen- tros ceremoniales y palacios en las alturas de Ayacucho. Esta toma de poder no necesaria- mente fue violenta. Es probable que los contactos y las capacidades de los advenedizos como diestros arieros y valientes guerreros fueron aceptados por las comunidades huarpa.

Desde nuestra perspectiva, en ningún episodio de los cuatro siglos de su historia la po- lítica de los nuevos lideres estuvo basada exclusivamente en el control territorial de todo lo sometido bajo la amenaza del uso de fuerza. Tampoco existen evidencias que los linajes directamente descendientes de los primeros emigrantes supieron siempre mantener su po- der en la capital. Las estrategias de control directo por medio de centros administrativos de tamaño e importancia variada fueron documentados por los arqueologos sólo en el área nuclear de las cuencas de Ayacucho y Pampas, así como en las partes altas del Río Grande de Nazca. Un esfuerzo particular expansivo estuvo dirigido también hacia Cuzco. Los me- jores ejemplos de obras de posible uso militar defensivo provienen también del área sur, por ejemplo de los alrededores de Pikilllacta y del Cerro Baúl. En cambio, al norte de Pacha- camac (Lurín) los enclaves Huari fueron muy distanciados, a manera de archipielago, y en varios casos discutibles. Tenemos la impresión  que se escogía para este fin áreas limítrofes con las entidades  políticas previamente establecidas y relativamente sólidas. La Sierra de la Libertad  entre Recuay, Cajamarca y Moche ha sido una de ellas. A partir de estos enclaves los dirigentes huari podían intentar de expander sus relaciones por medio de alianzas. Es- tas debían por supuesto tener susento en los ritos compartidos, en regalos y en facilidades de trueque. Creemos probable que las ofrendas de la cerámica ceremonial fuera del área ayacuchana  se relacionan con este tipo de tratos políticos. Los espacios funerarios compar-

tidos, como los del Templo Viejo de Pachacamac, también formaban parte de las estrategias políticas de negociación y de confirmación de alianzas. El poder  del estado ayacuchano en el norte era de carácter exclusivamente hegemónico, frágil y se fundamentaba en la nega- ciación. Los cementerios trazan su historia mejor que la construcción de centros administra- tivos, estos últimos siempre relacionados con las modalidades directas de control.

Como se desprende de este escenario, no se debería identificar a la compleja época del Horizonte Medio ni con Tiahuanaco ni con un imperio territorial capaz de subyugar por fuerza militar a cientas de etnías de la costa y de la sierra e imponer un solo estilo de pro- ductos suntuarios. Huari se entiende mejor como un poderoso estado serrano, producto de una coalición de varios grupos étnicos del sur que intenta con suerte variada imponer su hegemonía política por medio de alianzas, negociación y fuerza si otros medios fallan. Esta hegemonía  asegura a sus elites el acceso a recursos selectos para mantener los ritua- les y dotar a los mandos jerárquicos de símbolos de poder. Tanto el impulso expansivo de Huari como su caída han transformado  las relaciones del poder, las rutas de intercambio e impulsado el desarrollo tecnológico en materia de tejidos, metales y agricultura. Estos cambios resultaron duraderos y forjaron el mapa político anterior a las conquistas de los soberanos de Cuzco. Antes del Horizonte Medio los aportes culturales y tecnológicos origi- narios del norte del Perú prehispánico se manifestaban ocasionalmente en el Sur, pero por lo general ambas áreas, al Sur y al Norte de las pampas de Junín conocieron desarrollos originales y relativamente independientes. Recién en la segunda mitad del Ir milenio d.C. se da la creativa confrontación y productivo mestizaje de ambos desarrollos, gracias a la presencia de poblaciones sureñas en la costa y en la sierra norte. Este es sin duda el aporte más importante del fenómeno político que llamamos “imperio Huari”.

Huarmey: importante provincia del imperio Huari

En los valles de Huarmey y Culebras la conquista huari se refleja con toda nitidez tanto en los cambios que se perciben  en la cerámica como en la arquitectura. Durante la fase Molino (700-850 d.c.) aparece una nueva tradición de cerámica decorada con paneles y frisos figurativos en relieve. Este estilo goza de gran popularidad en toda la costa norte y centro-norte. Su influencia  llega a Pachacamac y también a Lambayeque. Por la técnica de confección, el tipo de decoración y el lugar donde el estilo fue identificado, los arqueó- logos lo llaman „Casma impreso de molde”. Hay un segundo estilo de cerámica, estrecha- mente relacionado con el primero y también de amplia distribución. Se caracteriza por la decoración compuesta de diseños geométricos, “Tricolor”, pintada blanco, anaranjado y negro sobre rojo. Con esta tradición se introducen en la costa norte nuevas formas de reci- pientes, originarios del sur, sobre todo la forma de vaso ceremonial tipo kero. Estos dos es- tilos cerámicos se registran en los mismos contextos arqueológicos junto con la cerámica de claro origen foráneo, la que comprende diversos estilos clásicos Huari, que provenien- tes de Ayacucho y de otros lugares del sur del Perú. El asentamiento de mayor extensión y monumentalidad en ambos valles, cuya función de capítal de una de las provincias de imperio se impone, es sin duda el Castillo de Huarmey.

El Castillo de Huarmey

El sitio, conocido desde los trabajos de Julio C.Tello está ubicado  en los suburbios de la ciudad, sobre y al pie de un espolón rocoso en la margen derecha del valle. William Conklin analizó algunos fragmentos de textiles recogidos por Yoshitaro Amano en la superficie del cementerio y llegó a la conclusión que se trata de tumbas  de personajes importantes, cuyos vestidos fueron confeccionados de acuerdo con las técnicas y diseños huari pero concierta influencia norteña.Heiko Prümers, en cambio. encontró fragmentos de la cerá- mica decorada con impresiones de molde en los estilos Casma, Moche Final y Pacanga en desmontes de huaqueros en la cima del espolón. Sólo 3% de los fragmentos rescatados correspondía diversos estilos clásicos de la cerámica Huari de Ayacucho, acompañados de algunos tiestos del estilo Nazca. A todos los investigadores de paso por el Castillo de Huar- mey llamaron atención finos textiles multicolores de lana con algodón en una variedad de estilos. En la muestra recogida por Heiko Prümers prevalecía Moche-Huari  (92%), seguido de Huari Clásico (7%), Nazca y Lambayeque. Este mismo investigador ha concluido des- pués de haber limpiado algunos pozos dejados por huaqueros que se trata de un conjunto de camaras funerarias del Horizonte Medio, construidas con los adobes rectangulares de gavera, similares a aquellos que se usa a lo largo de la costa norte. Sus hallazgos  lo hacían pensar que el cementerio de elite pertenecía a los Moche.

Las excavaciones  que están realizando los autores llevan a conclusiones diferentes. Es cierto que los adobes de gavera son del tipo usado en Culebras y Huarmey en el periodo previo a la presencia huari y que este tipo de ladrillos de conoce de la costa norte, pero el sistema de construcción carece de paralelos en el mundo moche. Hasta el presente es un sistema único. Los constructores del Castillo nivelaron la cima y las laderas del espo- lón rocoso. Esto ha implicado ocasionalmente un árduo trabajo de talla de la superficie rocosa. Luego construyeron en la cima recintos de traza muy regular con un laberinto de pasadizos y de cuartos rectangulares intercomunicados. Alrededor de estos complejos de probable función ceremonial edificaron cientos de cámaras funerarias de diferentes formas y dimensiones. Esta cámaras ascienden también por las laderas de espolón y se sobreponen unas a las otras creando edificaciones con dos a tres pisos. Para que todas las construcciones tengan estabilidad, se ha usado un sistema que no tiene paralelo conocido en los Andes. Largas vigas de madera atraviezan el corazón de los muros creando un entra- mado interno. Los pisos y techos de las cámaras también fueron hechos con tablones de madera. El espolón transformado por la construcciones adoptó de esta manera la forma de una piramide escalonada. La base de la pirámide también dibujó en el suelo el diseño de un doble escalón, algo irregular, que hace recordar lejanamente a la forma escalonada del templo principal de Tiwanaku  – Akapana.  La fachada de esta pirámide fue revestida de piedra canteada. Los edificios en la cima recibieron cuidadosos enlucidos de colores, tan recurrentes en la arquitectura huari. Por lo visto, salvo por las formas de adobes, el Castillo de Huarmey no tiene ninguna relación con los antecedentes moche. Es más, su volumen se levanta encima de los muros moche correspondientes a edificios abandonados.

Al pie del espolón frente a la fachada Sur de la pirámide se extiende  otro conjunto monumental del mismo periodo que sin duda formaba parte del mismo complejo cere- monial. Se trata de un extenso conjunto de plataformas bajas, construidas tambien en- cima de las edificaciones moche. La plataforma  principal tiene en la cima un gran patio cercado de muro. En contra de la pared posterior del patio corre un larga plataforma que soportaba columnas de un pórtico. Las comparaciones  con las maquetas arquitectóni- cas del Horizonte Medio y con la arquitectura de las „cercaduras”-residencias de elite en Galindo (vallede Moche) y Pacatnamú (valle de Jequetepeque) hace pensar que se trata de un palacio. Edificios monumentales de diseño bastante parecido a la construcción al pie del Castillo fueron reproducidos en forma de maquetas durante el Horizonte Medio, como las que se encontraron en San José de Moro. De manera similar como esto ocurre con los textiles y con la cerámica decorada, los edificios de Catillo de Huarmey son crea- ciones originales en las que se mezclan tradiciones  y técnicas de diferente origen. Tradi- ciones de la sierra predominan de hecho en este mestizaje creativo. La idea de construir un templo de culto de ancestros, rodeado de cámaras funerarias, parece originarse en al altiplano y difundirse desde Huari y Conchopata, a raíz de las conquistas imperiales. Arqueólogos han descubierto en Huari impresionantes conjuntos laberínticos de cáma- ras funerarias dispuestas en varios niveles. A diferencia de Castillo, estas cámaras fueron construidas debajo de la tierra.  Las cámaras más importantes y de mayor tamaño se localizan en los ultimos pisos, los menos importantes y de mayor número cerca de la superficie de la tierra. La tradición de construir monumentos funerarios y de culto de ancestros, revestidos de piedra, los que asimismo pueden adoptar formas escalonadas es difundida en el Callejón de Huaylas, por ejemplo, Wilkaswamaín.

Es importante resaltar que los entierros que los autores han podido rescatar de la des- trucción causada por los huaqueros, gracias a las excavaciones en curso, tienen caracte- rísticas sureñas y no se parecen en nada a los entierros  Moche. Los individuos estuvieron sepultados sentados, en posición parecida a la de un feto humano (embrional), vestidos y envueltos en telas. Típicamente huari, como el ritual, son también las ofrendas de pla- ta, por ejemplo una copa. Estas evidencias, los keros de madera, y el estilo de vestidos no deja lugar a duda que los curacas y sus esposas, que fueron sepultados en Castillo de Huarmey querían que se les recuerde  como poderosos señores foráneos, los que en esta vida, como en la de otra tumba, vivían rodeados de objetos raros y codiciados, pro- venientes de cientos kilómetros de distancia. Solo algunos objetos fueron claramente confeccionados de acuerdo con la tradición local, por ejemplo, las orejeras de madera.

La profundidad de cambios que se dieron a raíz de la conquista huari se puede eva- luar con mayor facilidad en el valle de Culebras gracias a la buena conservación de los asentamientos prehispánicos. Dos periodos correspondientes al Horizonte Medio se vis- lumbran con claridad a partir de los vestigios registrados que corresponden al Horizonte Medio: el Periodo Molino y el Periodo Santa Rosa.

el período molino (700 – 850 d.C.)

El periodo Molino se define en el valle del río Culebras, por la brusca aparición de la cerámica sureña, ubicada por Menzel en el Horizonte Medio I y IIa, en el contexto de la cerámica provincial Moche tardío. Hay que tomar en cuenta que la cerámica Moche se sigue produciendo en el área Sur hasta por lo menos 850 d.C. y en el área Norte hasta el 1000/1100 d.C. (véase ceramios Moche en las tumbas Lambayeque (Sicán Medio) de Batan Grande y Transicionales de San José de Moro:Rucabado  2008:). Las residencias de elite Moche quedan abandonadas o se convierten en cementerios. Por otro lado, apare- cen nuevos centros locales de distinto patrón arquitectónico, dominados por los recintos cercados de trazo ortogonal (Prządka y Giersz 2003:48,49,75,76). Hay también un cambio notable en la ubicación de asentamientos. El área densamente poblada  se traslada al valle medio-bajo y su centro se localiza cerca del pueblo moderno de Molino, donde también desemboca ahora la vía intervalle norte-sur de la época. El nuevo eje vial asegura la comu- nicación con el centro provincial Huari en el Castillo de Huarmey. A partir de este periodo se inicia el crecimiento sostenido del número de sitios registrados: el total de sitios alcanza los 26, de los cuales 10 están distribuidos  en la margen derecha y 16 en la margen izquier- da del río: 2 centros públicos, 8 asentamientos, 15 cementerios y 8 sitios fortificados (Giersz y Prządka 2008:Figura 16). Queda por lo tanto evidente que este es un periodo de relativa prosperidad. Por otro lado, la construcción de sitios fortificados sugiere la existencia de conflictos con las entidades políticas ubicadas al Norte de Culebras. El incremento del nú- mero de asentamientos y su ubicación en el fondo del valle, y en las ubicaciones difíciles de defender indica a su vez que este sistema de defensa resultó efectivo.

El cambio de patrón de asentamiento, y la aparición de la cerámica exótica Huari en el contexto de construcción de nuevos centros administrativos, con edificios cercados de trazo ortogonal, parece implicar que una nueva autoridad de origen foráneo, ha logra- do imponerse y ejercer el poder de manera directa desde el cercano Huarmey. En esta misma dirección apuntan los cambios en los comportamientos funerarios: necrópolis con las cámaras construidas  sobre la superficie. Por otro lado, la predominancia de la cerámica de origen local, con la iconografía derivada de la tradición Moche, el proba- ble uso continuo de adobes marcados y otros elementos arquitectónicos característicos para la costa norte, y la tradición Moche en particular, la supervivencia de la práctica de enterrar los muertos en la posición extendida dorsal, y la intensificación de contactos con los valles vecinos mediante una nueva red de caminos intervalle norte-sur sugieren que si bien los curacas locales y sus súbditos se subordinaron  a las nuevas autoridades foráneas, se mantuvieron apegados a ciertos aspectos de su cultura ancestral, y tomo poco a poco como suyas las ideas y los diseños originarios del sur. La profundidad de esta aculturación  se observará en el periodo subsiguiente.

El período Santa Rosa (850 – 1000 d.C.)

Los estilos de las épocas 3 y 4 del Horizonte Medio según la cronología de Menzel (1964) caracterizan al Periodo Santa Rosa. La alfarería muestra semejanzas con la del período an- terior (Periodo Molino). El estilo local, conocido como Casma Impreso de Molde, que pre- senta un repertorio iconográfico, basado tanto en la vieja tradición Moche, como en nue- vos elementos culturales del norte y del sur se mantiene plenamente vigente. Por otro lado cabe resaltar que aparece un nuevo estilo local de cerámica ceremonial que guarda seme- janzas con el estilo Wari-Santa y la cerámica reconocida por Larco Hoyle bajo los nombres de Huari Norteño y Huari-Lambayeque. A juzgar por el número de sitios arqueológicos registrados – 38: 1 centro público, 13 asentamientos, 22 cementerios y 2 sitios fortificados

– este es un periodo próspero. Llama sin embargo la atención el carácter aldeano de la ocupación con la ausencia de construcciones interpretables como residencias de elite o centros administrativos locales. Los asentamientos de mayor extensión (Pv34-94, Pv34-96, Pv34-98) se concentran en la parte media de la cuenca, en las cercanías del pueblo  moder- no de Santa Rosa. El único sitio con la arquitectura pública y características de un centro ceremonial se ubica en la orilla del mar al norte de la Caleta de Culebras: Playa el Castillo (Pv34-2).  Es un gran cerro fortificado  con cercos circulares de murallas y cuatro niveles de terrazas hecha de adobe; unas estructuras de adobe de planta rectangular están disemina- das al interior de los espacios cercados por los muros de piedra. En vista de su ubicación y características podría tratarse de un templo dedicado al culto de las deidades del mar o/y de un puesto de vigilancia dedicado al control del litoral. Los cerros fortificados, ubicados junto al mar, son característicos para la época; basta recordar sitios similares, como Cerro Pasamayo y Cerro Colorado de la zona del Norte Chico.

Cabe la pregunta si en ambos periodos los valles de Huarmey y Culebras estuvieron bajo el dominio del imperio ayacuchano. David J.Wilson ha propuesto que un estado regional se haya formado en los valles de Virú, Chao, Santa, y Nepeña, así como probablemente en Casma, Culebras y Huarmey. Wilson relaciona el nacimiento de esta entidad política con la típica cerámica del Horizonte Medio de la costa norte, llamada por Rafael Larco, Huari Nor- teño A y B, puesto  que combina características formales e iconográficas Moche y Recuay con las que proceden de la costa central y sur, así como, con las de la sierra de Ayacucho. Esta influencia se refleja también en el uso de varios colores en la decoración. Una variante particular de esta clase de decoración, tricolor, negro-blanco-rojo, serviría según Wilson de indicador cronológico y espacial de la vigencia del nuevo estado regional. Por ende la brusca desaparición del estilo tricolor y su remplazo con una cerámica cuya tecnología y decoración  es diametralmente distinta de la anterior, la cerámica Casma detereminaría el colapso del estado por 1000 d.C.

La hipótesis  se fundamenta en un incremento del número y de la extensión de asenta- mientos, así como en impresionantes obras públicas registradas en los valles menciona- dos, y en particular en el Bajo Santa. Aglomeraciones de la arquitectura doméstica y pú- blica se extienden a lo largo de anchos caminos bordeados de piedras, no sólo a lo largo

del valle, sino también en las desérticas quebradas entre Santa y Chao. Wilson cree que la famosa muralla con el largo total de 73.6 km fue levantada por varias comunidades del valle por orden de la autoridad central del hipotético estado “huari norteño”. La muralla, en cuya construcción se uso aproximadamente 207,000 m3 de materiales, no tuvo funciones defensivas sino ceremoniales, a juzgar por el complejo trazo segmentado que carece por completo de valor estratégico.

La aparición  de la cerámica influenciada por estilos sureños en el valle de Santa se relaciona con una ruptura respecto a las tradiciones arquitectónicas previas tanto en cuanto a las construcciones  domésticas como a las públicas. La piedra remplaza el ado- be en 89% de casos (contra 31% en el periodo previo relacionado con el dominio Moche, según Wilson). La solitaria pirámide  en la probable  capital del valle, Huaca Hedionda tie- ne planta rectangular (125x90x7m) y una rampa asimétrica en la fachada. Alrededor de ella se extiende  el poblado distribuido encima de cientos de andenes construidos sobre las pendientes empinadas del cerro. Este poblado y otros dos, de los cuales uno posee una plataforma similar, concentran el 25% de espacio construido en el valle. La distribu- ción preferencial  sobre las laderas adaptadas mediante construcción de un sistema de terrazas tampoco tiene paralelos en los periodos anteriores.

5 Comentarios

  1. Estimados sres.: no sé más dónde buscar, por eso recurro a ustedes, para preguntarles si me pueden ayudar:
    Por favor necesito teléfonos ó pág. Web. de Empresas de Taxis ó Remisses, ya que quiero conocer el Castillo de Huarmey.
    Como la excursión q

  2. Estimados: recurro a vtro. portal, para pedirles si pueden facilitarme teléfonos ó pág. Web., de Empresas de Servicios de Taxis ó Remisses, ya que quiero conocer el Castillo de Huarmey.
    Con la excursión que haré, la misma me dejará en la Playa de Tuquillo, y desde allí quiero vistar el famoso Castillo.Les aclaro que soy Arqueólogo, y quisiera llegar en esta oportunidad, a visitar ese sitio arqueológico.
    Espero vtra. invalorable ayuda.
    Saludos.Horacio.Bs.As.-Argentina

  3. AL LLEGAR A HUARMEY TE DIRIGES A LA IGLESIA QUE QUEDA EN LA PLAZA DE ARMAS ESTA CERCA,LE DICES A UNA DE LAS MOTOS QUE TE LLEVE A LAS RUINAS DE EL CASTILLO TE COBRA MAXIMO 2 SOLES ESTA MAS O MENOS 2 KM. POR SIACA HAY CHINGANAS PARA ALMORZAR SI ES UN SABADO O DOMINGO LE DICES A CUALQUIER MOTO Y TE LLEVE AL HOSPITAL PREGUNTAS POR CESAR GAMBOA DONDE VIVO Y YO VOY A SER TU GUIA.

  4. Para Cesar Gamboa. Si en setiembre de 2015 , que es cuando haré mis anuales vacaciones en la República del Perú , estoy en HUARMEY en sábado y domingo iré al Hospital y preguntaré por usted para que me haga de guía en el Castillo pero quiero centrarme en la conquista Huari de Huarmey y en los Mausoleos de las Señoras de Huarmey,. Gracias

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