Bajo la sombra del estado Moche

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14-b1fc2a92a1Los trabajos y las ideas de rafael Larco HoyLe formuladas hace medio siglo han tenido  un impacto decisivo sobre la manera como el púbLico amplio y los especialistas se imaginaban y se imaginan aún a las sociedades prehispánicas del norte del Perú  en el primer milenio d.C. Hay que recordar que en los años cuarenta no se disponía  de fechas c 14, y casi La totalidad de información disponible procedía de la evaluación de vestigios  en la superficie, y del anáLisis de objetos provenientes  del huaqueo.  muy escasas excavaciones sistemáticas,  realizadas sin reconocimiento preciso de las relaciones estrati- gráficas entre las capas culturales, niveles, pisos, bocas de entierros y construcciones, brindaban algunos datos adicionales.

Conforme con la manera de concebir la evolución cultural difundida en el periodo entre las dos guerras mundiales, Larco asumió que el progreso en la historia se debe a los apor- tes consecutivos de pueblos que luchaban por ganar la hegemonía, como lo hacen las na- ciones modernas, eventualmente lo lograban y luego quedaban sometidas por otras. Ha creído también que cada uno de estos pueblos había creado un estilo característico para él, y hasta exclusivo, que se expresaba  en primera instancia por medio de la producción cerámica pero dejaba también su impronta en textiles, metalurgia, mates burilados, obje- tos de hueso y de decoración arquitectónica. De este modo supuso que los orígenes de la civilización  andina se expresan en la secuencia de estilos-culturas-pueblos Cupisnique – Salinar – Virú – Mochica.  El polo de desarrollo localizado en la costa norte ejercía, según él, una influencia preponderante y civilizadora sobre los vecinos serranos, primero los Chavín y después los Santa (Recuay) y los Cajamarca. Una tal identificación entre la etnia, caracteri- zada por medio de un idioma o un dialecto, un conjunto de creencias, rituales y costumbres por un lado, y un estilo por el otro, ocurre efectivamente a veces, particularmente en el caso de sociedades tribales, véase por ejemplo  el caso moderno de los Shipibo de Amazonía.

Es bien sabido que ello por lo general no acontece con las sociedades complejas, en bue- na parte porque sus necesidades económicas y culturales requieren de marcada integración con otras similares, e incluso con las lejanas periferias. Se puede  a la Europa multiétnica de la Edad Media que toma por suyo sucesivamente los estilos románico, gótico y renacimiento temprano, e imita las armas y la vajilla suntuaria producida en ciertas ciudades de Alemania, España, Italia o de Imperio Bizantino. Caso parecido, guardando las proporciones constituye el estilo maya adoptado no solo por varias ciudades-estado de Mesoamérica y México pero también imitado por varios pueblos con identidad diferente en cuanto a la lengua y la cultu- ra. En el caso de los Andes, resulta evidente que la difusión de la iconografía y de ciertos otros elementos de la cultura Tiahuanaco y el surgimiento del fenómeno Huari no han provocado el ocaso de las tradiciones locales y regionales, y de mismo modo los variopintos pueblos integrados bajo el mando los Sapan Inca de Cuzco no han perdido su identidad al adoptar el estilo inca en vestidos, y en cerámica.

Sin embargo, hace medio siglo la complejidad de la cultura mochica no era del todo evi- dente. Por falta de excavaciones, los imponentes complejos arquitectónicos llenos de salas con techos de columnas, plazas decoradas con relieves policromados, rampas, pasadizos laberínticos  (véase Huacas de la Luna y Cao) parecían simples pirámides de adobes, mon- tículos ceremoniales, productos de trabajo corporativo de comunidades tribales. El primer entierro de elite (Huaca de la Cruz en el valle de Virú) fue publicado en 1948 y carecía del esplendor  de las tumbas de Sipán.

Los argumentos que Larco pudo esgrimir para demostrar que una importante civiliza- ción regional haya nacido en la costa norte antes de que se difundan los motivos Tiahuana- co eran todos fundamentadas en la iconografía, y en particular en los imágenes pintados o impresos en relieve sobre las paredes de las botellas asa-estribo. Por esta misma razón, Lar- co había anclado el cálculo del tiempo estimado en la variación de formas, proporciones y decoraciones de esta clase de recipientes ceremoniales. El resultado de esta estimación, las supuestas cinco fases del desarrollo de la Cultura Mochica ilustrados con igual número de formas de asa-estribo los conoce la mayoría de los escolares peruanos. Cabe enfatizar que sin un gigantesco sistema de producción central, sin una gran manufactura de bo- tellas asa-estribo, similar en varios aspectos a las que producen ahora las botellas de Co- ca-cola, y sin medios de distribución igual de poderosos, con cientos de camiones, es difícil de imaginarse, como los artesanos ceramistas que confeccionaban recipientes de arcilla a lo largo de 700 km de la costa usando métodos artesanales, completamente manuales, y sin poder comunicarse unos con otros, hubieran podido seguir consignas precisas de cam- bio de modelos y técnicas de manera sincronizada. De hecho, este y otros supuestos que se manejaba hace medio siglo resultan hoy poco convincentes e incluso falsos a la luz de las evidencias acumuladas.

En primera instancia, nada indica que un solo idioma, el mochica (muchik), se había ha- blado en el extenso espacio del litoral peruano entre los valles de Piura y de Huarmey, que constituyen los puntos extremos donde se han hallado entierros humanos con la fina cerá-

mica ceremonial llamada primero Proto-Chimu y después Moche. En el siglo XVI los pueblos que poblaban el área, a parte de muchik que se usaba en Lambayeque, hablaban quingnam (valles de Moche y Chicama), la pescadora, el sec (Piura). Tampoco hay noticias en las fuentes coloniales sobre un sólo grupo étnico consciente de su identidad y de la historia comparti- da. Por lo contrario, hay una variedad de grupos y el listado de poderosos señoríos coincide relativamente bien con las áreas lingüísticas. El reino Lambayeque y el reino Chimu (Chimor) que logró imponer su hegemonía dos siglos antes de la conquista española cuentan entre organismos políticos de mayor importancia. La frontera original entre ellos fue constituida por las Pampas de Paiján.

Cabe resaltar que varios investigadores consideran que estas inhóspitas pampas de- sérticas marcaban también el límite entre dos hipotéticas tradiciones mochica, la septen- trional y la meridional, cada una con sus particularidades  estilísticas, pero unidas por la misma iconografía y por la arquitectura similar. En estas dos áreas hay varios centros mo- numentales de envergadura que podrían haber jugado el papel de capitales de nivel local e incluso regional: Pampa Grande, Sipán, Dos Cabezas en el Norte y Cao-el Brujo, Huacas del Sol y de la Luna, Pampa de los Incas, Pañamarca en el Sur. Por esta razón existe casi un consenso entre los investigadores de que varios señoríos o estados se habían desarrollado en el territorio de la Cultura Mochica. Estos habrían competido entre sí a manera de ciu- dades-estado maya, independientes a pesar de compartir la misma cultura material y la misma religión. Cabe observar, sin embargo, que la impresión de cierta uniformidad de la cultura material que caracterizaría a la tradición costeña conocida como mochica, se forma en buena parte por comparación con los estilos-culturas que le son contemporáneos en la sierra, Cajamarca y Recuay.

En cuanto a la cronología, gracias a las excavaciones y numerosas fechas C 14 resulta  hoy evidente que numerosos rasgos considerados por Larco diagnósticos para una fase en par- ticular se mantenían vigentes en ciertos talleres por dos siglos o más, mientras que en otros quedaban sustituidos por nuevas tecnologías y por nuevos diseños: así las piezas Moche I son frecuentemente coetáneas con las Moche II o III, y las Moche  IV con las Moche  V. De mismo modo, varias evidencias sugieren que los objetos en estilos Moche y Virú fueron pro- ducidos y usados simultáneamente durante varios siglos. En espera de un nuevo consenso entre los investigadores en cuanto a la cronología mochica intentaremos esbozar un cuadro preliminar de acontecimientos en base a los fechados publicados y evidencias estratigráficas firmes. Lo resumiremos para fines de claridad expositiva en tres fases:

Fase 1 (100 d.C. – 400 d.C.)

En esta época caracterizada por la producción de las vasijas que Larco clasificaba en sus fases I, II y algunos III, se consolidan  los estilos regionales. En la costa la tradición Virú-Ga- llinazo forma una especie de horizonte regional, puesto que las piezas en este estilo, así como las características construcciones de tapial, fueron encontradas entre el Alto Piura y Huarmey, y sus influencias parecen llegar hasta la costa central. En los valles interandinos se difunden en cambio dos estilos emparentados, pero con personalidad propia que se expresa en formas utilitarias y ceremoniales, y en diseños: Cajamarca y Recuay. El número conocido de botellas finas, ceremoniales, en estilo Virú-Gallinazo es muy reducido; por lo general provienen del valle de Virú. La inmensa mayoría de piezas y fragmentos recupe- rados en las excavaciones corresponde  a recipientes utilitarios, ollas, cántaros, cuencos, tazones, algunos de ellos decorados.

La cerámica en estilo Moche más antigua fue hallada en medio de vasijas enteras o frag- mentos Virú-Gallinazo, tanto en los espacios ceremoniales, domésticos como en los entierros. Por esta razón, consideramos que el arte y la arquitectura moche fue obra de especialistas que usaban a diario la cerámica Virú-Gallinazo. Cabe mencionar que las idiosincrasias  étnicas suelen expresarse en las formas de cerámica utilitaria más no necesariamente en la vajilla ceremonial. Existen evidencias para pensar que la difusión de estilo Moche de Sur al Norte fue el resultado de una rápida conquista emprendida bajo el mando de líderes, potencial- mente originarios de los valle de Virú y Moche, la que se habría iniciado  en el transcurso del siglo II d.C. Sospechamos que hábiles alfareros y metalurgistas acompañaban a estos líderes en sus conquistas. Los objetos producidos por ellos servían para fundamentar el derecho de ejercer el poder y afirmar los lazos de obediencia y lealtad con las elites locales sometidas. Profusamente decorados y de calidad impactante, estos artefactos fueron usados durante la pompa fúnebre de los jefes y en otras fiestas multitudinarias. Jugaban por ende un doble papel de símbolo de poder y medio de difusión de las ideologías religiosas sobre los que se fundamentaba el nuevo orden político.

 

A juzgar por la envergadura de construcciones ceremoniales de adobe y los recientes ha- llazgos de las tumbas de elite, los principales centros de poder Virú-Moche se situaban en esta fase en Gallinazo, en el valle de Virú, en Dos Cabezas, en el valle de Jequetepeque, en Sipán, en el valle de Lambayeque, y en Yécala (Tamarindo y Loma Negra), en el valle de Alto Piura. La relativa uniformidad de la iconografía Moche, así como la facilidad con la que los diseños y motivos viajaban de un valle al otro hacen pensar que las elites gobernantes de la época no sólo facilitaban los desplazamientos contínuos de artesanos, sino que estaban interesadas en demostrar que compartían las mismas creencias. Un fenómeno comparable observamos en el caso Recuay.

Fase 2 (400 d.C.- 700/800 d.C.)

Este este segundo periodo proporcionó la mayoría de información sobre la cultura Moche y la de sus vecinos. Las vasijas ceremoniales que lo caracterizan se clasifican según criterios de Larco como Moche III y IV pero se conoce también algunos casos de botellas Moche I posteriores a 400 d.C. La arquitectura ceremonial adquiere el carácter monumental sin precedentes y está profusamente decorada con relieves policromados y con pinturas murales. Escenas de rituales y mitos similares a los que adornan  las paredes de los templos están también reproducidos en las vasijas ceremoniales  pintados en línea fina en estilo Moche III y Moche  IV, y en adornos de oro y cobre dorado, plateado e incrustados. Pañamarca en el valle de Nepeña, Pampa de los Incas en el valle de Santa, Huaca de la Luna en el valle de Moche, Sipán en el valle de Lambayeque cuentan entre los principales centros de poder. Existen numerosas y bien documentadas evidencias sobre la presencia de autoridades bien organizadas. Nos referimos a la construcción de la red de riego, y de los centros administra- tivos y ceremoniales locales, así como a la sofisticada tecnología en la producción de bienes suntuarios, que suelen cumplir el papel de símbolos de poder: vestidos y tocados, adornos, armas decoradas, recipientes ceremoniales. Se conoce particularmente bien el complejo de la Huaca de la Luna, con amplios sectores residenciales que se extienden  al pie del templo conformando un conjunto planificado de apariencia urbana. La relativa uniformidad estilís- tica que caracteriza la cerámica  Moche  IV encontrada entre Chicama y Huarmey hace pensar que la existencia de una sola autoridad facilitaba los contactos entre los alfareros y eventual intercambio ritualizado de vasijas decoradas. Ello no ocurre con la misma intensidad al norte de Jequetepeque donde la producción cerámica en cada valle mantiene cierta autonomía estilística, lo que contrasta  con las evidencias  de obras públicas  de gran escala. Énfasis espe- cial merecen los canales de riego intervalle y la construcción de un centro urbano de mayor envergadura que los anteriores: Pampa Grande.

 

En la sierra también se observan evidencias de consolidación de redes de poder por parte de las elites locales. Sin embargo, los centros recuay y cajamarca carecen de envergadura de los moche. Construidos en las cimas de promontorios que dominan el valle tienen aspecto de castillos por las altas murallas que las circundan. Los asentamientos fortificados cajamarca en la sierra de Huamachuco albergan dentro del cerco de las murallas imponentes casas alar- gadas que podían dar cabida a cientos de miembros de un ayllu (pachaca). En el área Recuay en cambio, las murallas dan la protección a construcciones ceremoniales relacionados con el culto de los ancestros. La importancia política de este culto en toda la sierra norte se expresa entre otros en las monumentales tumbas colectivas, chullpas, difundidas desde Chota hasta el Callejón de Huaylas.  Es probable que prolongadas sequías registradas durante el siglo VI

d.C. y las séquelas del Mega-Niño en el siglo VII precipitaron respuestas políticas, contribuye- ron en el incremento de conflictos entre las poblaciones por el control de tierras cultivables y pasturas lo que ha fortalecido ciertos liderazgos regionales. En todo caso, en este contexto se manifiestan las primeras evidencias interpretadas como el resultado de la expansión del im- perio Huari: arquitectura de traza ortogonal y la cerámica en estilo sureño, Chakipampa, de- corada con diseños huarpa (Ayacucho), nazca y tiahuanaco. Importantes cambios políticos y culturales acontecen por el año 700 d.C., todos de algún modo relacionados con la hipotéti- ca expansión  del estado huari que acabamos de mencionar. Los principales argumentos que permiten sostener este supuesto provienen de la sierra. En el transcurso  del siglo VII diestros albañiles iniciaron la construcción de un complejo similar al centro administrativo de Piki- llacta (Cuzco), probable conjunto palaciego de los gobernantes huari, e igual de impactante por la envergadura y riguroso trazo ortogonal: Viracochapampa, en Huamachuco, Sierra de la Libertad. Este nuevo centro se ubica de manera significativa en el área intermedia entre las zonas de influencia de las culturas Recuay y Cajamarca, la que además está dominando la cabecera del valle de Moche. No obstante, nunca pudo ser habitado puesto que sus constructores lo habían abandonado poco después de haber iniciado la tarea. En cambio, Honcopampa, presumida capital regional Huari en el Callejón de Huaylas tuvo suerte y carácter diferentes. En su trazo coexisten formas de arquitectura pública tipicamente huari, como las estructuras ceremoniales en forma de D y una “unidad patio” ortogonal con el complejo de mausoleos Recuay. Los hallazgos de la cerámica vinculada con los estilos ayacuchanos Cha- kipampa y Viñaque son muy poco frecuentes incluso en el contexto de la arquitectura Huari. La tradición Recuay pervive en esta época. A pesar de que no disponemos, por lo tanto, de las evidencias tangibles de la conquista y de la dominación duradera, la presencia huari parece haber alterado relaciones políticas establecidas durante el Periodo Intermedio Temprano. La difusión de chullpas puede ser interpretada como expresión material del poder adquirido en el nuevo contexto por ciertos linajes-pachacas. En algunos  casos, las chullpas  se levantan en las áreas de viejas necrópolis Recuay (Ichik Willkawaín, Chinchawasi), pero en otros marcan simbólicamente nuevos centros de poder. Por 800 d.C. se construye  un imponente edificio de traza ortogonal en estilo Huari, en Cajamarca.

En la costa, las primeras evidencias de la presión ejercida por los vecinos, eventualmente respaldados y comandados por los jefes Huari, hacia las fronteras del “mundo moche” se conocen de contextos funerarios. Numerosas vasijas en estilos sureños como Chakipampa fueron encontrados por los huaqueros en los cementerios de Piura (Batanes) y Lambayeque (San José de Moro). Sólo este segundo cementerio fue excavado de manera sistemática por arqueólogos en los últimos años, y gracias a ello sabemos que las piezas exóticas huari estu- vieron depositadas como ofrenda en típicas tumbas moche, acompañadas de otras vasijas en estilos Moche V y Mochica-Huari. Contrariamente a lo que se pensaba, el más importante de los centros políticos moche, las Huacas del Sol y de la Luna no quedó abandonado en esta época y remplazado por una nueva capital, Galindo, que fue construido a poca distancia en el mismo valle de Moche. Todo lo contrario, el viejo centro debe en buena parte su impactan- te aspecto monumental  a los trabajos emprendidos durante los siglos VII y VIII, por ejemplo la Huaca del Sol. La razón de la existencia de dos centros y las relaciones políticas que se es- tablecieron entre ellos no están aún esclarecidas. Una situación similar acontece al norte de Jequetepeque con la construcción de un conjunto ceremonial y urbano moche de particular envergadura: Pampa Grande.

 

Fase 3 (700/800 d.C. – 1100 d.C.)

 

El estilo Moche se sigue produciendo en una variante polícroma de Moche V en los valles de Jequetepeque y Chaman o en un estilo muy particular de decoración en relieve o en escultura de bulto, formalmente Moche IV, como es el caso de valle al Sur de Chao. No obstante, los talleres Moche ya no producen objetos preciados por las elites dirigentes, objetos que simbolizaban su poder sobre los demás. Todo lo contrario, en las tumbas con ajuares particularmente ricos, otros estilos procedentes del sur, Viñaque, Nievería, Teatino, Casma impreso de molde ocupan lugares privilegiados  a lado de un estilo emergente relacionado directamente con los linajes gober- nantes, el estilo Lambayeque. Gradualmente se transforman  las costumbres funerarias. Por 800 d.C. todos los centros ceremoniales Moche quedan abandonados.

el estado Moche en los valles de Culebras y Huarmey

 

Durante mucho tiempo se ha creído que la frontera sureña de la cultura Moche era el valle de Nepeña. Esta afirmación fue respaldada por el descubrimiento del templo de Pañamarca, considerado uno de los conjuntos arqueológicos  más impresionantes construidos por los moche, comparable con la llamada huaca de la luna. Lo significativo es que era el único sitio monumental estudiado en la parte meridional del supuesto estado moche.

A raíz de los trabajos de arqueólogos norteamericanos, Wendell C. Bennett, James

  1. Ford, Gordon R. Willey,  y Donald Collier, en el valle de Viru muchos investigadores han asumido y asumen aun hoy que el estado Moche con su capital en la huacas del Sol y de la Luna haya emprendido unas exitosas conquistas militares hacia el sur sometiendo bajo su dominio todos los valles hasta Nepeña. La conquista de cada valle implicaria la cons- trucción de una capital, la reorganización de asentamientos y a menudo la ampliación de la red de riego. Esta conquista  hubiera  tenido lugar en los tiempos cuando en el valle de Moche se hacía la ceramica ceremonial con formas y decoraciones típicas para la fase Mochica III. La población  local en cambio se servia de vasijas utilitarias, para almacenar, cocinar y servir en el estilo que se llama genericamente „Virú”. Este mismo estilo recibió un nombre distinto en cada uno de los valles investigados. En Huarmey Ernesto Tabio lo llama “Aiguay negativo”; en Virú, Ford lo bautizó como “Gallinazo”; Wilson le dió nombre “Suchimancillo” en el valle de Santa; y “Cachipampa” en el valle de Casma. Para el valle de Culebras la denominación es “Mango”.

La popularidad de este estilo de vasijas utilitarias se extiende  también más allá de las Pampas de Paiján, hasta el valle de Piura, es decir abarca exactamente el mismo territorio en el que se encuentra también  la cerámica ceremonial Mochica. Los partidarios  de la hipóte- sis de conquistas asumen que las vasijas Virú-Gallinazo  es el testimonio de la existencia de un pueblo menos desarrollado que los usuarios de la cerámica ceremonial Mochica. Creen también que las representaciones de combates aluden a batallas sostenidas por los guerre- ros de Moche y Chicama con otros pueblos de la costa y de la sierra.

En las últimas  decadas se ha demostrado que ninguna de las dos interpretaciones arriba mencionadas  era acertada. La ceramica Virú-Gallinazo se encuentra  a lado de la ceramica Mochica, en las mismas  casas, depositos, tumbas e incluso hornos de alfarero, lado a lado. En muchos casos las vasijas Mochica y Virú fueron confeccionados del mismo tipo de arci- lla. Por estas razones resulta claro que la misma gente se servia de recipientes en ambos estilos de manera indiscriminada. Las vasijas Virú-Gallinazo se usaban en la vida diaria, para preparar, almacenar y servir las comidas. La cerámica Mochica estaba destinada a ocasiones especiales, en particular los rituales y las fiestas, asi como las ofrendas durante el entierro. La cerámica Virú-Gallinazo la hacian alfareros aldeanos, la Mochica requeria por lo general de un trabajo mucho mas especializado en grandes talleres de pedendientes de los templos y del poder estatal en general. La diferencia en el uso de ambos estilos podría ser comparada a la que existe hoy entre la olla de barro para frejoles y la taza de cafe de porcelana  en los días de fiesta.

Por otro lado, en las ultimas decadas avanzaron las investigaciones sobre imagenes y se ha podido demostrar fehacientamente que los alfareros que decoran las vasijas Mochica no representaban las batallas de conquista sino los rituales religiosos en los que se prepa- raba a los guerreros para los futuros y eventuales conflictos con los vecinos. Los combates estuvieron precedidos por la ingesta de la coca. Los combatientes se enfrentaban  hasta la primera sangre. Los vencidos perdian las armas y la ropa, y desnudos fueron conducidos a un cerca similar que el que se construia para la caza de venados.  El destino posterior de los vencidos dependia de la fecha y del lugar del combate, asi como de los participantes. En un caso los vencidos desnudos tuvieron que correr por el desierto hasta la cima de los cerros y luego eventualmente volver al recinto de templo. Los que se rendian fueron sacrificados de diferentes maneras, unos despenados, otros descuartizados, a otros mas se les extraia la sangre por la vena yugular. La sangre de estos sacrificados se ofrecia en copa a las deidades del cielo y de inframundo. La ceremonia  se parecia a una ofrenda hecha con el kero de oro o plata por los incas puesto que el sacerdote encargado estaba en la cima de una piramide escalonada y vertia el contenido de la copa dentro de una vasija especial.  Los vencidos en un segundo combate fueron transportados por el mar hacia las islas guaneras donde  se les sacrificaba antes de iniciar la caza de lobos marinos (Otaridae sp.). Su sangre estaba desti- nada a los dioses del mar y del cielo nocturno.

Cual fue entonces la fecha y el motivo de la aparicion de elementos de la cultura Mochica al Sur de la Huaca de la Luna? A la luz de las investigaciones de Giersz, Przadka y Makowski en Culebras y Huarmey se vuelve cada vez mas probable la propuesta de Hans Horkheimer, arqueologo peruano-aleman, quien sugeria que las poblaciones  de los valles de Mochey Chicama estuvieron interesadas en colonizar nuevas tierras agricolas. En Culebras no se encuentran evidencias de construcción de lugares fuertes durante los periodos Mango y Quillapampa. Todo lo contrario, el inexpugnable Castillo de Ampanú queda abandonado. En su lugar se construyen residencias de elite en lugares elevados pero abiertos, claramen- te relacionados con las tierras fertiles, aptos para cultivo, gracias a la presencia de puquios, fuentes de agua, los que a menudo funcionan hasta hoy. Quizás el cerro fortificado de Ai- guay cuidaba en este periodo la frontera sur del mundo moche. La frontera con la sierra tampoco tiene características de la frontera de conflicto. Ernesto Tabío encontró cerámica serrana con la decoración blanco sobre rojo (de tipo conocido de Wilkawaín) en la parte alta y media del valle de Huarmey, y también un colador Recuay en los alrededores  de la ha- cienda de Huamba. Por otro lado, la cerámica Moche es muy poco recurrente en el Periodo Mango, salvo en los entierros. Pareciera que la colonización precede a una incorporación del valle en un sistema político centralizado dirigido desde el valle de Moche. Recordemos que en la opinión de los autores la presencia de la cerámica y de otros objetos decorados en el estilo Mochica dependía de la estrechez de relaciones que sostenían las elites locales con los centros políticos mochica. Cuando los valles de Huarmey y Culebras adquirieron importancia como áreas de frontera, ricas en productos agrículas, los gobernantes locales habrán tenido acceso a los regalos suntuarios provenientes del norte y probablemente in- cluso se vieron favorecidos por la llegada de diestros artesanos capaces de producir vasijas,

 

adornos y atuendos en estilo Mochica localmente. Las costumbres de poblaciones asenta- das en Huarmey y en Culebras durante los periodos arriba mencionados sugieren que estas estuvieron emparentadas etnicamente con grupos asentados en la costa norte lo que ha facilitado que se estrechen los lazos políticos. Por otro lado, no se observa ninguna clases de continuidad en las técnicas, formas de objetos y costumbres entre las fases Ampanú  y Mango lo que sugiere que el valle relativamente despoblado a comienzo de nueva era fue colonizado por una población de origen distinto proveniente del norte. Llama atención la presencia de cerámica Recuay y Moche importada  en los ajuares funerarios de las tumbas desafortunadamente destruidas por el huaque, y asimismo la aparición de típicas formas Recuay en la cerámica local (trompetas, coladores con asa lateral). También  se registra en el Periodo Mango imitaciones de formas típicas Moche, tales como vasos acampanados  o bo- tellas escultóricas, por los alfareros que pertenecen a la tradición tecnológica Virú-Gallinazo. Estos hallazgos demuestran  claramente que los colonos del valle de Culebras han tenido contacto permanente con los vecinos del Norte y del Este y refuerzan la convicción de los autores que las culturas-estilos Virú-Gallinazo y Moche-Mochica forman parte del mismo fenómeno social y político, y no pueden ser analizadas por separado.

Repoblamiento del valle por grupos que usan la cerámica Viru-Gallinazo y Moche temprano

Para reconstruir el probable escenario del repoblamiento de los valles de Culebras y Huarmey por las poblaciones originarias de la costa norte, así como  sus efectos políticos es necesario confrontar los resultados de las investigaciones llevadas a cabo por los autores en Culebras desde 2002 con los estudios publicados por Ernesto Tabío, Donald  E. Thompson y Duccio Bonavía (1982) a partir de la prospecciones en Huarmey. Desafortunadamente gracias a la buena conservación de sitios y el carácter sistemático de las investigaciones solo se dispone de evidencias completas y fidedignas para el valle de Culebras. La información concernien- te a Huarmey es fragmentaria.

 

En Huarmey Ernesto Tabío  describe dos sitos con arquitectura y cerámica correspon- diente a una manifestación local de la tradición Virú-Gallinazo, el Aiguay Negativo. Uno de ellos es el afamado cerro fortificado de Aiguay, ubicado a unos 3 kilómetros al este de la actual ciudad de Huar¬mey. Este mismo sitio es mencionado en el catálogo publicado por Bonavía (1982:437) pero con el nombre de Ma¬cabalaca y código Pv34-72. Cabe añadir que también fue mencionado e incluido en la lista de sitios del valle de Huarmey por la expedición japonesa dirigida por Izumi Ishida. Duccio Bonavía en su catálogo consigna 19 sitios atribuidos al Período Intermedio Temprano pero de estos 9 no presentaban cerámica en la superficie y han sido fechados por el autor de manera muy tentativa en base a otros hallazgos encontrados in situ, como el contenido de basurales con material orgánico. En el valle de Culebras los autores de este volumen han registrado un total de 20 sitios que corresponden al Periodo Mango (100 – 400 d.C.) , de los cuales 10 están distribuidos  en la margen derecha y 10 en la margen izquierda del río. Entre los sitios se puede distinguir 2 asentamientos con arquitectura pública, 10 asentamientos de carácter aldeano, 5 cementerios y 3 puestos de vigilancia (Ver infográfico;  izq.). Todos los asentamientos son pequeños, por lo general de menos de menos de una hectárea de superficie. Los que poseen edificios de carácter público apenas sobrepasan este tamaño. La primera fase constructiva corresponde generalmente a la arquitectura simple de quincha, en modo de un campamento provisio- nal, que durante la segunda fase fue reemplazado por la arquitec¬tura monumental de piedra. Los asentamientos con la arquitectura publica suelen reocupar espacios que fueron habitado anteriormente en el Periodo Panteón(manifestación local de la cultura material chavín; 1000-350  a.c.). El lugar  donde residía o por lo menos se manifestaba en público el poder local fue sin duda, el sitio Mango  I, debido al carácter relativamente monumental de su arquitectura típicamente Gallinazo, a juzgar por la comparaciones con los casos es- tudiados en el valle de Virú. El conjunto ocupa un área de aproximadamente 1170 m2 de superficie. En su plano se distinguen tres plantas y ocho ambientes diferentes. Durante las excavaciones se hallaron dos entierros de camélidos, supuestas ofrendas relacionadas con el proceso de construcción del edificio. Los animales fueron depositados sobre esteras de carrizo (Phragmites communis), en dos fosas ubicadas debajo del piso, en ambos lados de la entrada del ambiente principal de todo el conjunto.

 

Bajo el dominio de los señores del norte

Las primeras informaciones sobre la presencia Moche en el valle de Huarmey se deben a Wendell  C. Bennett, quien publicó en 1932 dos botellas  asa estribo de esta cultura, su- puestamente provenientes del cerro el Maltino, ubicado en el sector costero comprendido entre los valles de Culebras y Huarmey. Algunas evidencias adicionales proporcionaron las primeras  prospecciones realizadas entre 1958 y 1960, con el hallazgo de cerámica Moche y “mochicoide” por Ernesto Tabío en cuatro cementerios destruidos por las excavaciones clandestinas. En algunos de estos cementerios se ha encontrado también fragmentos de vasijas en estilos típicos del Horizonte Medio, relacionados con el fenómeno Huari. Mención aparte merece pequeña plataforma piramidal de Adobería, con el cementerio donde se ha encontrado un fragmento de cerámica muy fina de estilo clásico Moche, posiblemente algo tardío, que correspondía a la cabeza modelada de pato pico de cuchara. Menos suerte tuvo Donald C. Thompson quién en vista de la ausencia del material diagnóstico en las muestras que recolectó sugería que el valle habría sido abandonado durante el Periodo Intermedio Temprano o estuvo ocupado por poblaciones campesinas cuya cultura material no se de- jaba fechar. Fragmentos de cerámica Moche registró en cambio en su recorrido de ambas márgenes del valle de Huarmey, realizado entre septiembre de 1976 y febrero de 1977, Duccio Bonavía. Casi la totalidad de sitios publicados por Bonavía en su inventarios son lugares de enterramiento. Taica (PV 35-45), ubicado en los terrenos de la ex-hacienda del mismo nombre, es la excepción. No obstante solo uno de los tres sectores con arquitectura parece haber sido construido durante el Periodo Intermedio Temprano. Los dos restantes son claramente, uno del Horizonte Temprano, otro del Periodo Intermedio Tardío. Vestigios de arquitectura piedra, de cierta complejidad  se ve también en Malpaso. Fragmentos de la cerámica Moche fueron también documentados en la superficie de Chapachay, asenta-

miento que cuenta con la ocupación previa del Horizonte Temprano, y también en Man- dinga y en el Cerro Carcar. Heiko Prümers quién ha recorrido el valle entre 1985 y 1986, documentó la presencia de cerámica del estilo Moche en la superficie de dos cementerios: uno localizado cerca del castillo de Huarmey y el otro en la Hacienda Lecheral. Vale la pena recordar también, que las dos impresionantes colecciones de piezas de oro, mencionadas por Goddard, Bennett, y Lothrop habrían provenido del valle de Huarmey, En la opinión de Donald Thompson estas piezas podrían fecharse al Período Intermedio Temprano y por lo tanto ser obra de orfebres Moche.

La polémica

Hasta los trabajos desarrollados por los autores en el marco de los proyectos “Valle de Culebras” y “Castillo de Huarmey” entre los especialistas prevalecía la opinión que los esta- dos Moche no llegaron  a controlar estos valles y a Huarmey llegaban solo algunas piezas de cerámica de intercambio. Las ideas de Horkheimer  (1961), acerca de la colonización por los agricultores norteños no han calado. Recién a raíz de las investigaciones de los autores del presente volumen se tiene la certeza de que ambas valles fueron incorporados por un tiem- po en una organización política Moche, cuyo probable centro se encontraba en Pañamarca (valle de Santa). El hallazgo  de una residencia palaciega Moche cuya plataforma escondía una típica tumba de cámara, característica para las élites gobernantes mochica proporcio- nó pruebas definitivas al respecto. El palacio mencionado estuvo en uso en el Periodo Qui- llapampa (400-700 d.C.). Un total de 22 sitios arqueológicos fueron hallados y registrados por los autores, 8 en la margen derecha y 14 en la margen izquierda del río Culebras. Entre los sitios mencionados hay 3 sitios con arquitectura pública), 11 asentamientos de carácter aldeanos, 5 cementerios y 3 puestos de vigilancia. (Ver infográfico; izq.). La comparación no deja lugar lugar la duda que el poder local ha escogido a Quillapampa I como su residencia predilec- ta, en vista de la ubicación estratégica, Desde la terraza elevada se domina visualmente no solo el fondo del valle en ambas direcciones sino también a la desembocadura de la quebrada en la que se inicia el camino inter-valle norte-sur, el mismo que lleva a Pañamarca y eventualmente a las Huacas del Sol y de la Luna en el valle de Moche. La residencia fue construida sin duda en el Periodo Mango y fue ampliada y remosada en el subsiguiente Periodo Quillapampa. En las primeros niveles de ocupación de la terraza del palacio se encuentra la cerámica Virú-Gallinazo con escasos fragmentos Moche Temprano. En los niveles subsiguientes, en cambio la cerámica utilitaria Virú-Gallinazo está acompañada de los fragmentos finos de vasijas ceremoniales Mo- che III. Estas evidencias refuerzas a los autores en la convicción que Horkheimer ha tenido razón y que fueron los colonos del Norte quiénes reocuparon el valle de Culebras e hicieron uso de sus puquios para cultivar todos los mejores tierras del valle. No en vano los asentamientos aldeanos se agrupan en las parte con abundante agua y tierra buena para el cultivo.

Palacio y tumba del señor del valle de Culebras

En las ruinas del pequeño palacio se puede distinguir hasta seis conjuntos de ambientes (sectores diferentes) que se distribuyen de una serie de plataformas, Son justamente estas altas plataformas construidas cuidadosamente de piedra las que otorgan a la construcción el carácter monumental. Los ambientes de planta rectangular, construidos en la cima, tuvie- ron paredes de quincha asentadas en sócalos de piedra y adobe. Los techos seguramente fueron sostenidos por horcones y vigas de algarrobo que no se han conservado puesto que fueron retirados en el momento de abandono para darles nuevo uso, como es de costum- bre en la desértica costa del Perú donde la madera es un bien escaso. Algunos techos fueron adornados con porras, símbolo del alto estatus del residente. Los techos de porras caracte- rizan en la arquitectura moche, a veces representada  en las escenas pintadas en línea fina sobre la superficie de vasijas, a los lugares donde se manifiesta  el poder supremo: bajo su sombra  se sientan los gobernantes, los sacerdotes y los dioses (ver infográfico).  Las amplia- ciones arquitectónicas y sobre todo las remodelaciones de pisos han sido realizadas previas ofrendas y sacrificios, seguramente para un buen augurio y para otorgar a la residencia un estatus especial, similar al de un templo. En diferentes partes del conjunto arquitectónico se hallaron ofrendas humanas, entre ellas un guerrero adulto masculino en posición decúbito ventral con las extremidades inferiores flexionadas, con su cráneo presentando traumatis- mo cerca de la base del occipital. Este golpe que dejó huella en los huesos fue posible causa de su muerte. El estado de conservación y en particular las remociones que han hecho los huaqueros no permiten reconstruir en detalle que actividades  se realizaban en cada am- biente. No queda duda sin embargo, que se preparaba y almacenaba alimentos bajo techo. Por otro lado, el tamaño, la distribución y las características de ambientes sugieren que se trataba de una residencia, similar a la del sitio Mango pero de mayor envergadura.

Los últimos episodios del uso de la plataforma en la que se levantaba  la residencia pa- laciega se relacionan  con la construcción de una gran cámara funeraria de adobes en el interior de la plataforma. El contenido de la cámara fue completamente alterado por la acti- vidad de huaqueros, pero se ha podido registrar parte del rico ajuar, de una calidad artística excepcional. Entre el material arqueológico rescatado de los desmontes dejados por los huaqueros y el que fue hallado al interior de la cámara, logramos identificar  un mínimo de 74 vasijas diferentes, que probablemente formaban parte de la ofrenda mortuoria. Estas vasijas guardan las características del estilo Virú-Gallianzo y Moche III. Hay recipientes que imitan el estilo Moche, y que según toda probabilidad fueron producidos por los talleres locales, quizás estos mismos que hemos logrado ubicar a unos kilómetros más al este de Quillapampa. El repertorio formal de recipientes es amplio, con cántaros, cancheros, vasos acampanados y una serie de botellas asa estribo. Todas estas formas fueron usadas por la gente de la época en las ceremonias de sacrificio y ofrenda a los dioses tutelares. Es proba- ble que algunas de las vasijas fueron hechas localmente, especialmente los que estaban destinadas como ofrenda funeraria.

Aldeas y templos

El núcleo principal de asentamientos moche en el Periodo Quillapampa se encuentra en la parte media-alta del valle y comprende no solo aldeas de tamaño reducido y cementerios pero también a un taller alfarero, y varios templetes de adobe. Entre estos últimos destaca una pequeña plataforma techada, ubicada en la cima de una pared vertical rocosa, situada al frente del sitio Quillapampa I. Por su curiosa ubicación encima de un peñasco con la pa- red de más de 200 m. de caída libre sería un lugar ideal para las ceremonias que implicaban despeñamiento y que están representadas en la iconografía mochica. Las características de asentamientos y su distribución señalan claramente que los habitantes tenían una fuerte vocación agrícola, eran pacíficos y no se sentían amenazados por sus vecinos. Los poblados no tienen características defensivas y generalmente están ubicados cerca del piso del valle, en áreas abiertas y no defendibles. Similares características fueron registrados por arqueó- logos que recorrieron Los valles de Santa y Casma. Los sitios defensivos construidos en la época anterior al Periodo Intermedio Temprano quedan abandonados y no se construye nuevos. Es cierto que hay puestos de vigilancia, localizado en lugares estratégicos, que per- mitían un buen control visual de movimientos. En el valle de Culebras los puestos de vigi- lancia dominan visualmente todo el fondo del valle medio-alto y medio-bajo. El análisis GIS* de cuencas de visibilidad  (viewshed analysis) sugiere una relación directa de los pues- tos de vigilancia que se ha registrado con el control de vías de comunicación intra e intervalle. Generalmente los asentamientos están ubicados en áreas abiertas y carecen de defensas. Algunos autores, como Wilson hablan de Pax Mochica, sugiriendo que los gobernantes mo- chica hayan impuesto en la costa un orden político basado en negociación y convivencia en paz. Algunos autores consideran que los arreglos políticos dejaron afuera a los grupos se- rranos, usuarios de la cerámica Recuay.

La frontera formada por escudos y el poder de la convicción religiosa

En la luz de las investigaciones de Giersz, Przadka y Makowski queda claro que el valle de Huarmey delimita la frontera sur del mundo Moche. Esta frontera carece sin embargo de ca- rácter de límite fortificado, tan recurrente en la antigüedad. Las tendencias que se perciben en la historia de los asentamientos moche en el valle de Culebras sugieren en cambio que se trata más bien de un populoso enclave de campesinos-guerreros cuyos asentamientos se aglutinan  en la parte media de la cuenca, cerca de principales reservorios de agua (pu- quio y laguna cerca del actual poblado Laguna).  El crecimiento de poblados moche en la parte señalada del valle es perceptible en el periodo Quillapampa (400 – 700 d.CV.) y guar- da relación con el uso de la principal vía de comunicación norte-sur, la que sigue el curso de las quebradas  laterales paralelamente al litoral marino. El control de la frontera no se ejercía por lo visto por medio de fortificaciones y soldados profesionales acuartelados en fortínes a manera de Imperio Romano (veáse la muralla de Hadriano). No fue una frontera fija defendida sistematicamente por fuerza militar como los suponían Donald A. Proulx y Richard Daggett en el caso del valle de Nepeña. A la luz de evidencias arriba expuestas, la Pax Mochica, la eficiencia del sistema defensivo se sustentaba en la eficicacia del sistema de alianzas selladas por pactos que gozaban de legitimación y de sustento religioso. Las poblaciones asentadas en el enclave al final del camino  N-S, las poblaciones de frontera, a tuvieron sin duda acceso a las ceremonias que se realizaban  en el templo de Pañamarca en el valle de Nepeña a lado de las poblaciones oríundas de Casma y de Nepeña. Ya se ha dicho que Nepeña fue el asentamiento más importante en los confines meridionales del mundo Moche, donde según toda probabilidad residían los gobernantes supremos de la región. Al tener acceso al templo de Nepeña los habitantes de las periferias compartían con los demás

„mochica” los mismos ritos, las mismas deidades y las mismas fiestas. Durante las ceremo- nias perfeccionaban conocimiento de mitos de origen y se afirmaban  en la percepción de su propio lugar dentro del orden social y político legitimado por aquellas historias sagradas. De esta manera se construía su fe que ellos, sus hijos y nietos son y serán hermanos, o por lo menos compadres de los congéneres, que vivían en los valles de la costa entre Huarmey y Chicama, y quizás incluso  más allá. Se sentían  descendientes de los mismos ancestros míticos y se creían sometidos al poder de los mismos dioses. Tuvieron por ende motivación suficiente para luchar contra eventuales enemigos a lado de otros costeños por la causa que consideraban común.

Basta comparar  las semejanzas del ajuar funerario hallado en la tumba de elite Moche de Quillapampa en valle de Culebras con los ajuar funerarios de alta elite, registrados en Hua- ca de la Cruz (valle de Virú), Huaca de la Luna, Sipán (valle de Lambayeque) o Loma Negra (Valle de Piura) para percatarse que todos los conjuntos de ofrendas funerarias contienen los mismos objetos, decorados con los mismos personajes sobrenaturales: entre otros pec- torales de cobre, hueso y conchas tropicales, coronas, narigueras, aretes de cobre, cobre dorado, botellas escultóricas con representaciones plásticas de los principales dioses del panteón Moche: el Mellizo Marino, el Mellizo Terrestre, la divinidad de las Montañas (Dios de la Tierra) y, ocasionalmente, la divinidad femenina (Diosa del Mar y de la Luna). Resulta por lo tanto fácil de demostrar que las historias míticas y los contenidos religiosos en general conforman el único aspecto realmente compartido por las poblaciones  diversas, asentadas a lo largo de los 700 km de la costa, a los que llamamos „Mochica”, siguiendo a Rafael Larco Hoyle, quién les bautizó de esta manera.

Palacio y templo del señor Moche de quilapampa. el techo de porras.

Las representaciones de arquitectura mochica en la pintura de linea fina sobre las pare- des de vasijas ceremoniale, en maquetas, y también en cetros ceremoniales de cobre, como el que fue encontrado en la tumba de Sipán indican que las construcciones  lijeras con el techo sostenido sobre horcones y decorados  con porras que se levantan  en la cima de pla- taformas protegían del sol a deidades supremas y gobernantes humanos cuando recibían ofrendas y tríbutos, o brindaban con la sangre de animales y hombres sacrificados. En la imagen adjunta el dios del mundo de abajo, Guerrero del Buho, recibe ofrendas de conchas Strombus sp. traídas desde las lejanas costas del Ecuador. El dios Mellizo Terrestre, acompañado de Iguana mítica son los encargados de honrar al dios en una escena que representa el episodio de un mito.

Acompañantes

Por lo menos nueve individuos fueron sepultados acompañando al señor, a juzgar por los restos óseos encontrados en los rellenos y en los desmontes. Algunos de ellos pertenecían posiblemente al linaje del señor, otros lo acompañaron en su ultimo viaje como guardianes o escoltas. La acción de huaqueros  ha alterado su posición  original.

los vecinos de la sierra: Recuay

El nombre “Recuay”, consagrado por los estudios de Julio C. Tello y Wendell Bennett, fue por la primera vez utilizado por el coleccionista José Mariano  Macedo (1881) al mencionar la procedencia de un lote de vasijas (actualmente en el Museum für Völkerkunde de Berlín) provenientes de las tumbas de Catac cerca de Recuay, excavadas clandestinamente entre 1874 y 1878. Rafael Larco prefirió usar el término “Santa” para las expresiones costeñas de Recuay, y “Callejón” para las serranas.

En actualidad se vislumbran tres periodos en el desarrollo cultural postchavín de la sierra de Ancash: Huaraz „Blanco sobre Rojo” (200/400 a.C.- 200 d.C.) , Recuay (200 – 600/650 d.C.) y Recuay-Huari (600/650 – 900 d.C.). El origen de lo que se ha convenido denominar la cultura Recuay se ubica cronologicamente en el confuso periodo posterior al abandono del templo de Chavín de Huantar. El movimiento masivo de poblaciones guerreras desde las periferias del mundo Chavín hacia su centro en la sierra norte ha provocado grandes cambios en todas las dimensiones de la vida social y de la tecnología. Estas poblaciones trajeron consigo nuevos conocimientos en materia de ganadería de camélidos, y desarro- llaron técnicas textiles con uso de lana, técnicas metalúrgicas de fundición y aleación de cobre. Su habitos en cuanto a la producción alfarera fueron completamente distintos en comparación con los antecedentes Chavín. Las vasijas fueron  cocidas en altas temperatu- ras en una cámara bien oxigenada por lo que la pasta y la superficie – bañada en arcilla fina (engobe) – adquirían tonalidades rojas. La decoracíon  se pintaba con otras arcillas blancas o cremas, de ahí el nombre del estilo: Blanco sobre Rojo. Makowski considera que la parcial sustitución de la cerámica Blanco sobre Rojo por el característico estilo alfarero conocido como Recuay por 200 d.C. se debe a un conjunto de factores políticos y tecnológicos.

En primera instancia, las vasijas figurativas  en estilo Recuay representan  a jefes gue- rreros, sus mujeres y sus alegados. El cuerpo de vasija está tratado como si fuese el torso vestido de este mismo personaje, cuya cabeza está acoplada al recipiente, y por ende en la decoración  de las paredes se está copíando  diseños textiles, típicos para los mantos, las camisas-unku y las túnicas de gobernantes y otros integrantes de linajes „nobles”. Por lo general son figuras estilizadas del mundo sobrenatural reproducidos con el trazo lineal y siguiendo pautas muy particulares de proyección, altamente convencionales: cara frontal con cuatro apéndices, ser antropomorfo con apéndices cefálicos, felino o zorro rampante con cresta, felino, serpiente bicéfala, búho, cóndor y otras aves estilizadas. Las pocas telas conservadas bastan para encontrar en ellas modelos de la decoración de cerámica pinta- da. La técnica es la de tapiz con urdimbres  de algodón  o lana y trama de lana teñida. Los tejedores como los alfareros hacían contrastar los espacios monocromáticos  del fondo, que poseen tonalidades cremas, marrones y rojas, con los diseños figurativos y geométri- cos (escalonados) de línea ancha; estos últimos adoptan tonalidades más oscuras o más claras de la misma gama; hay también figuras negras. Para que esta clase de imitación de textiles en cerámica sea posible, fueron necesarios conocimientos especiales. Mediante mejoras tecnológicas aún por descubrir los artesanos recuay lograron temperaturas ma- yores de 1000° C y el pleno control de niveles de oxígeno al interior del horno. Las vasijas finas recuay están hechas de caolín, y se requiere de la tecnología que acabamos de men- cionar para lograr tonalidades naranjas y blancas en el ambiente oxidante, o negras en el ambiente reductor. La cerámica de elite, naranja con engobe crema, o blanca, recibía fre- cuentemente la decoración pintada, policroma de línea fina o ancha, y/o negativa, lograda al tapar las áreas determinadas con arcilla y reduciendo el acceso del oxígeno logrando el cambio de color del claro al oscuro.

Como se desprende de lo expuesto varios factores tuvieron que conjugar para que el estilo Blanco sobre Rojo quede remplazado por el estilo Recuay:

  • La producción  para el uso de elite gobernante de vestidos hechos en tapíz de lana con diseños de dos a tres colores logrados en telar de cintura.
  • La imitación de los diseños textiles por los alfareros capaces de lograr los mismos diseños y efectos de color manejando arcillas cremas, el caolin y el ambiente de coc- ción en el horno; este último conocimiento probablemente no hubiese sido posible sin previa experimentación hecha por los metalurgistas.

Cabe observar que los mismos diseños que se conocen  en textiles y en cerámica, apare- cen en la orejeras y otros adornos en una variedad de materiales, técnicas:  piedra, metal, hueso, madera.

La metalurgia recuay difiere sustancialmente de la moche. Prevalecen las técnicas de va- ciado y soldaduras; en cambio las técnicas de laminado, recortado, repujado y ensambla- do que son típicamente costeñas tuvieron uso restringido. Los estudios muy preliminares demostraron la pericia de los metalurgistas recuay en vaciados a cera perdida, en moldes bivalvos, de objetos sólidos y huecos, frecuentemente decorados en relieve. Se presume una variedad de técnicas de dorado y plateado: enchapes, por fusión y reducción. Desta- can también decoraciones hechas a partir de alambres modelados creando diseños figu- rativos similares a la filigrana. Entre los artefactos metálicos  típicos  para Recuay hay que mencionar largos prendedores-tupus en forma de clavos, aretes con disco, y cabezas de porras en forma de rodillos denticulados.

A diferencia de las tecnologías que acabamos de caracterizar, la talla de piedra y la mam- postería recuay tienen antecedentes locales en la cultura  Chavín. No se trata, sin embargo de una simple continuidad, si bien esta también se da en algunos  aspectos, como la parti- cular forma de cabezas clavas de hombres y felinos. Las paredes se construyen  con grandes piedras oblongas clavadas en suelo; los intersticios se rellenan con piedras pequeñas, usualmente planas (pachillas); imponentes bloques cuadrados fijados en el suelo forman las esquinas; hileras angostas de piedras corren en el paramento superior de las pare- des, a modo de cornisas o voladizos. Las ventanas son generalmente rectangulares pero las hay también en forma de cruz, escalonadas o en L. El techo y la parte superior de las paredes pueden estar adornados con almenas triangulares o escalonadas. Hay secciones de paredes con frisos geométricos. Bajos relieves con figuras de guerreros y seres sobre- naturales decoraban las fachadas, como dinteles y estelas. Esculturas tridimensionales se encontraban frecuentemente empotradas en el suelo.

Asentamientos. Se caracterizan por la distribución dispersa y equidistante. Sólo algu- nos pocos asentamientos pueden ser considerados centros locales, a juzgar por la monu- mentalidad de sus muros de contención y de recintos, si bien la extensión y la densidad de estructuras domésticas conservadas es reducida, vg. Huaraz y Caraz en el Callejón de Huaylas, Pomabamba  en el Callejón de Conchucos, Aija en la Cordillera Negra, Cabana (Pashash) cerca de Pallasca, Huancarpón en Nepeña. Las aldeas están preferentemente lo- calizadas en colinas y lomadas (3100 – 3500 m. s.n.m). Una plataforma de probable carácter ceremonial se eleva por lo general en el centro del asentamiento. Las cámaras funerarias se ubican en un área circundante algo distante.  Los sitios fortificados  de altura, ubicadas en las cimas, con el perfecto control visual de los campos de cultivo y de las rutas de acceso, verbigracia Pashash (s.v.), Balcón de Judas, Osku son particularmente característicos para Recuay. La reducida  extensión del área techada, sugiere que servían de refugio al abrigo de las defensas en el caso del conflicto bélico. Los mayores asentamientos, como las “ciu- dadelas” de Huancarpón y Yayno muestran elevados muros perimetrales, parapetos y fo- sos. En algunos sitios de este tipo se han recuperado diversas armas como hondas, hachas, porras y puntas de proyectil. La función defensiva era plenamente compatible con los fines ceremoniales. La decoración  escultórica de muros, entradas y estelas-huancas, así como ofrendas lo indica con claridad. Para propósitos  ceremoniales sirvieron sin duda recintos rectangulares, algunos de ellos con paredes de 15 a 20 m de largo, o circulares: verbigracia Queyash Alto cerca de Marcará  donde se han hallado grandes cantidades de recipientes para servir líquidos y de antaras.

Entierros y culto funerario. Característicos para la cultura Recuay son los entierros múltiples en cámaras (cistas) y/o galerías subterráneas. Las tumbas de ambos tipos frecuentemente aprovechan las depresiones naturales o las fracturas de la roca madre, así como los afloramien- tos rocosos para construir algunas secciones de las paredes. Se usa bloques monolíticos para techar las cámaras funerarias y grandes piedras como marcadores (vg. Jancu, Auquispuquio, Roco Ama, Chinchawasi). Vanos y sellos de lajas removibles, los nichos para las fuentes de luz indican la costumbre de reapertura y manipulación ceremonial de envoltorios dentro y fuera del espacio funerario. En Pashash (s.v.), un espacio ceremonial destinado al culto póstumo de un miembro de la elite fue construido ex profeso en cima de la tumba. Los individuos sepulta- dos adoptan la posición sentada con el ajuar dispuesto alrededor.

Varios cambios  se dan durante el Horizonte Medio o a fines del Intermedio Temprano. Imponentes mausoleos (chullpas) solitarios, o agrupados en conjuntos monumenta- les cercados (vg. Honcopampa) remplazan a las entierros de cámara suterránea. Varios de ellos tuvieron decoración arquitectónica, entre otros, cabezas-clavas (vg. Tinyash, Katia- ma). La tradición de mausoleos chullpas pudo haberse originado en Cajamarca, en Chota y en la cuenca de Marañon, donde Isbell documenta monumentos del Periodo Intermedio Temprano. Los hay también  en la zona de Huamachuco. Los mausoleos complejos recuay poseen forma muy particular de plataformas sobrepuestas a manera de pirámide escalo- nada (Villcaswaín) que contienen en su interior varias cámaras, y poseen accesos diferen- ciados a cada piso. Las entradas están orientadas según puntos cardinales con la prefe- rencia de orientación Este. Mención  a parte amerita la difusión de entierros extendidos decúbito dorsal, de probable origen costeño (Moche), a lado de los tradicionales sentados con miembros flexionados, durante el Periodo Recuay-Wari. Tanto los mausoleos-chullpas como las anteriores cámaras subterraneas parecen organizar la geografía sagrada vinculando los lugares del culto de ancestros con los componentes del paisaje y marcan centros y/o linderos entre las comunidades  territoriales.

Iconografía. A diferencia de la iconografía mochica , la recuay representa  por lo general figuras aisladas. Los seres humanos  aparecen en finas vasijas escultóricas. Los seres sobre- naturales, en cambio, están representados en escultura de piedra, y en pintura cerámi- ca. Las escenas que remiten a comportamientos rituales son menos frecuentes que en la costa. El protagonista principal de estas escenas es el jefe-guerrero con orejeras y tocado compuestos de diadema y dos garras, manos o alas. Las imágenes de seres sobrenaturales decoran su vestido. Se viste de manera claramente diferenciada de sus subordinados y también de oficiantes representados jalando camélidos. El jefe-guerrero  está asumien- do papeles de combatiente victorioso o perdedor, y de oficiante supremo en los ritos de libación, y como tal derrama la sangre propia y ajena, así como la chicha, con la probable intención de propiciar la fertilidad de la tierra y la reproducción de los rebaños. Se lo repre- senta en ritos de libación levantando la copa, llevado en procesión debajo de baldaquín, bailando, sentado en un recinto,parado con porra y escudo. A menudo su imagen se redu- ce a la cabeza acoplada al cuerpo de la vasija con vertedera. En las ceremonias orgiásticas se une con varias mujeres que lo acompañan también en otros ritos. Las mujeres  visten una túnica larga hasta los tobillos decorada con líneas verticales o puntos. Siempre llevan una especie de banda o faja que les ciñe la vestimenta a la altura del vientre. La cabeza está cubierta con velo. Nunca tienen orejeras.

El jefe-guerrero aparece también a menudo con los atributos sobrenaturales y/o rodea- do de seres fantásticos  de aspecto zoomorfo en la escultura de bulto y relieve arquitec- tónico. En tal caso, apéndices en forma de serpientes con cabeza de dragón brotan de su frente. Los tres íconos directamente relacionados con la percepción del mundo sobrenatu- ral, la Cara Radiante en el limbo de apéndices serpentiformes, el dragón conocido también como Felino Rampante, y la Serpiente Bicéfala están claramente subordinados al guerrero.

sobrenatural. Cabe mencionar que estas imágenes decoran de manera casi heráldica los vestidos y los escudos de los seres humanos que participan en los ritos y en los combates.

La revisión de las fuentes iconográficas, de los contextos arquitectónicos y funerarios lleva a las conclusiones coincidentes. Se vislumbra la imagen de una sociedad organizada en comunidades territoriales, eventualmente comparables con algunas formas de ayllu andino (pachaca en la sierra norte), en la época colonial. Las comunidades  están gober- nadas por elites guerreras. El culto de ancestros es el eje central de la vida política y de la vida religiosa, está ultima organizada dentro del complejo calendario ceremonial. La ico- nografía y el vestuario compartidos en todo el territorio de la cultura recuay sugieren que los señoríos guerreros cultivaban la memoria del origen mítico común y la mayoría de ellos conformaba una macro-etnía y/o una confederación religiosa. Ello no impedía mantener estrechas relaciones con los señoríos de la costa desde los orígenes de la cultura Moche. Los guerreros y los sacerdotes con vestidos típicos para la cultura recuay están represen- tados en el arte mochica, como partícipes de combates rituales, de ofrendas de coca y de conchas importadas del área ecuatorial, así como de supuestas ceremonias de purificación de aire, con proyectiles floridos lanzados por medio de estólicas. Las principales deidades costeñas suelen ser representadas con tocados y vestidos recuay, y los seres sobrenatura- les serranos (Felino Rampante-Dragón Lunar, Cara con apéndices serpentiformes) ador- naban las fachadas de templos mochica en los valles de Moche y Chicama, así como los objetos usados en el culto. Las formas y diseños Moche fueron imitados no sin creativas adaptaciones por los alfareros Recuay.

En los valles de Huarmey y Culebras la presencia recuay se manifiesta en la aparición de la típica alfarería caracterizada por la decoración con el barniz rojo en zonas, del interior o exterior del reborde de los cántaros. Existen también escasos ejemplos  de cerámica im- portada, estilísticamente correspondiente a la alfarería recuay de sus fases clásicas. En las partes altas de ambas cuencas la fuerte influencia de la sierra se refleja en la presencia de cerámica importada en los entierros y la aparición de típicas formas Recuay en la cerámica local: trompetas y coladores  con asa lateral.